Somos una Fundación que ejercemos el periodismo en abierto, sin muros de pago. Pero no podemos hacerlo solos, como explicamos en este editorial.
¡Clica aquí y ayúdanos!
Hay letras que no se escuchan, se reconocen. Existen canciones que llegan en el momento exacto, no porque hablen de algo nuevo, sino porque nombran aquello que llevabas tiempo sintiendo sin saber cómo decir. No te cuentan una historia, te la devuelven como un espejo extrañamente honesto en el que, de pronto, reconoces algo que habías aprendido a no mirar demasiado.
Nací para ser yo, de David Perea, interpretada con una honestidad desarmante por Lía Monroe, fue para mí una de esas canciones. No llegué a ella buscándola, sino de manera casual, casi accidental, como suelen llegar las cosas importantes. Sin embargo, cuando empecé a escuchar de verdad lo que decía, sentí esa mezcla de reconocimiento y vértigo que produce oír, en voz alta y con música, algo que durante mucho tiempo solo existió como un proceso silencioso.
No pretendo hacer de este texto una confesión, sino hablar de lo que esa canción toca y de aquello que hace falta que sigamos nombrando, porque llevamos demasiado tiempo esquivándolo.
La lucha que nadie ve
Hay una experiencia que muchas personas conocen de primera mano y que, sin embargo, rara vez se nombra con precisión: la de crecer sintiendo que eres demasiado para algunos espacios y demasiado poco para otros. Es ese aprendizaje invisible el de regularse, achicarse y encajar, el de sonreír no por impulso, sino por haber interiorizado que el propio ser incomoda a los demás.
Esta lucha, silenciosa hacia fuera, pero ensordecedora hacia dentro, no siempre tiene un nombre claro. A veces es una cuestión de identidad en el sentido más literal, orientación o género, pero otras veces es algo más difuso: la diferencia neurodivergente que nadie supo leer, la sensibilidad interpretada como debilidad, la forma de pensar que no encajaba con lo que se esperaba, el cuerpo que no correspondía al molde, la familia que no era como las demás o el origen que marcaba antes incluso de que pudieras abrir la boca.
La etiqueta cambia, pero el mecanismo es el mismo. Siempre hay alguien que decide quién eres a través de su percepción sesgada, e impone una suerte de normalidad estadística que actúa como un filtro excluyente. Aquí es donde la lucha se vuelve interseccional, pues no se trata solo de quién eres, sino de cómo se cruzan en ti diversas realidades, obligándote a un ejercicio de enmascaramiento o camuflaje social que agota las reservas cognitivas y emocionales.
Que ser uno mismo sea todavía un acto de resistencia es el síntoma más claro de un sistema que aún no ha aprendido a valorar realmente la diversidad como un activo.
Lo que Nací para ser yo hace, con sencillez y más allá de la imponente voz de su intérprete, es poner música a lo que muchas personas llevan años enmascarando. Eso, en sí mismo, ya es un acto pedagógico.
El aula como espejo roto
Trabajo como docente en Formación Profesional Básica, un contexto donde el alumnado trae consigo una relación profundamente fracturada con el sistema educativo.
Han sido, con frecuencia, los que no encajaban en el ritmo, en la norma o en las expectativas. Algunos han aprendido a defenderse a través del conflicto, otros, a desaparecer y sobrevivir en los márgenes de una realidad que les resulta ajena.
Pedirles que convivan con respeto o desarrollen empatía sin antes entender su resistencia es como construir una casa sobre arena mojada. Esta fragilidad estructural responde a un error de base, intentar evaluar resultados de convivencia sin haber garantizado antes la seguridad psicológica.
En la FP Básica, el currículo oculto es, a menudo, un currículo de exclusión que debemos desmantelar. He entendido que antes de exigir convivencia hay que crear condiciones para la comprensión, y esta no se enseña con discursos, sino desde la identidad y el reconocimiento de la propia experiencia. Por eso llevé la canción al aula, no como una actividad de relleno, sino como una herramienta de autorregulación y validación.
Este planteamiento conecta con lo que el Diseño Universal para el Aprendizaje define como proporcionar opciones para el compromiso, que aquí se materializa al ofrecer una puerta emocionalmente accesible. Una de esas puertas que, cuando se abren, no hacen ruido, pero cambian la temperatura de la sala y permiten que el aprendizaje deje de ser una imposición para convertirse en un proceso que nace de la propia dignidad reconocida.
Lo que ocurrió cuando se abrió la puerta
No hubo catarsis colectiva ni grandes revelaciones, pues eso rara vez ocurre en la realidad de las aulas. Lo que hubo fue algo más pequeño y, precisamente por eso, más significativo, un silencio diferente al habitual.
No era el silencio de quien espera a que pase el tiempo, sino el de quien está pensando de verdad. Hubo respuestas breves y miradas que reconocían algo propio en lo ajeno, un instante en que el otro deja de ser una amenaza para empezar a ser, aunque sea por un momento, un espejo.
Eso es exactamente lo que necesita este alumnado, no charlas abstractas ni definiciones de manual, sino experiencias concretas en las que su vida interior quede reflejada en una voz o una historia.
Cuando un alumno que habitualmente lidera el conflicto se queda callado escuchando una letra que habla de sentirse incomprendido, está pasando algo. Puede que nunca lo verbalice, pero algo se ha movido, y en educación, que algo se mueva ya es mucho.
Sostener la diferencia
Llevamos décadas diseñando protocolos, planes de convivencia y programas socioemocionales. Todo eso es necesario, pero hay algo que ningún protocolo puede sustituir, la capacidad de una relación educativa real para nombrar lo que duele, dar espacio a lo que no encaja y sostener la diferencia sin necesidad de corregirla.
La educación en algunos contextos aún sigue siendo un espacio que prefiere la homogeneidad y, para algunos docentes, funciona mejor cuando el alumnado no se sale del guion. Mientras esto no cambie, seguiremos reproduciendo el mismo mecanismo que fuera del aula hace tanto daño.
La canción de David Perea dice algo sencillo y radical, que uno nace para ser uno mismo, no la versión corregida o socialmente aceptable de sí mismo. Esto debería ser un principio educativo irrenunciable con todas sus contradicciones y su belleza imperfecta.
Lo que habita en los márgenes
Junio llegará cargado de visibilidad y reivindicación, un valor innegable porque ser quien eres todavía tiene consecuencias. Sin embargo, la lucha que esa canción representa no cabe solo en una bandera.
La experiencia de crecer fuera del molde atraviesa muchas vidas que nunca aparecerán en una marcha: el niño con TDAH tachado de vago, la adolescente con alta capacidad que se apaga para no ser excluida o el joven migrante que guarda silencio sobre su cultura. Todas esas personas también aprendieron a dudar de sí mismas. El orgullo, en su sentido más amplio, es la convicción de que no hay que justificar la propia existencia. Y eso es universal.
Nací para ser yo…
No nací para encajar, nací para ser yo. Tardé un tiempo en darme cuenta de que la primera frase implica un proceso de adaptación que agota, mientras que la segunda reafirma una dignidad que merece ser defendida.
En las aulas, en las familias y en las sociedades que construimos, seguimos fabricando silencios y enseñando que hay partes de uno mismo que es mejor no mostrar. Eso tiene un precio que se paga en soledad, en salud mental y en vidas construidas sobre identidades prestadas que nunca terminan de encajar.
Como docente, mi responsabilidad no es solo impartir el currículo, sino crear un espacio donde ningún alumno tenga que gastar energía en esconderse, un lugar donde una canción pueda abrir una puerta que ningún protocolo ha conseguido siquiera tocar.
Como ciudadanos, nos corresponde dejar de mirar hacia otro lado cuando alguien crece creyendo que el problema es él o ella. Nacer para ser uno mismo no es un capricho ni una tendencia, es la base de cualquier trayectoria vital y profesional sólida. Por ello, la educación que no parta de ahí no está cumpliendo su función de servicio público y humano.
Mi compromiso, y ojalá el colectivo, es dejar de ser arquitectos de silencios para convertirnos en facilitadores de contextos donde nadie tenga que elegir entre encajar o aprender.
Naciste para ser tú, y nuestro deber es asegurar que las instituciones educativas sean el suelo firme donde esa identidad pueda, finalmente, florecer y aportar su valor al mundo.
Nota: para comprender el silencio del que hablo, hay que asomarse a la voz que lo provocó. Puedes escuchar Nací para ser yo, de David Perea e interpretada por Lía Monroe, en este enlace.

