Somos una Fundación que ejercemos el periodismo en abierto, sin muros de pago. Pero no podemos hacerlo solos, como explicamos en este editorial.
¡Clica aquí y ayúdanos!

La historia de la educación es fascinante. Permite explorar cómo se entendía el mundo en distintos momentos del pasado y, a través de esa indagación, comprender mejor el presente.
Sin embargo, la forma en que tradicionalmente se enseña la historia a veces traiciona su propio objeto. Yo lo viví como estudiante. Recuerdo haber memorizado fechas, denominaciones de leyes y reformas educativas que se sucedían sin que yo lograra ver qué importancia tenían.
El problema, quizás, es que la historia de la educación se nos presenta como si únicamente la hicieran las leyes. De ahí que quienes estudiamos una carrera de educación nos dediquemos a memorizar disposiciones normativas y sus objetivos declarados. Pero las leyes no educan. Educan las personas.
Por eso me resulta especialmente valioso acercarme a quienes influyeron y contribuyeron a configurar el sistema educativo que hoy conocemos. Conocer la trayectoria vital de quienes construyeron el sistema o de quienes cambiaron el mundo con su visión de la educación es fundamental y lo tenemos muy olvidado.
Cuando uno se aproxima a estas personas concretas, el pasado adquiere un significado distinto, uno que invita a valorar el presente con otros ojos. Y, sin embargo, tenemos grandes referentes que permanecen en el olvido dentro de nuestros planes de estudio. Félix Martí Alpera es uno de ellos.
Félix Martí Alpera nació en 1875 en Valencia. Vivió durante más de 20 años en Cartagena, donde fue co-fundador, junto con Enrique Martínez Muñoz, de la primera escuela graduada de España.

Las Escuelas Graduadas de Cartagena fueron los primeros centros de enseñanza de España que dividían al alumnado por edad y nivel, algo que hoy nos parece normal, pero que a principios del siglo XX era realmente revolucionario.
En aquel momento el modelo imperante era la escuela unitaria: un solo maestro o maestra atendía a numerosos grupos de niños y niñas de distintas edades a la vez, desde que empezaban su escolaridad hasta que la terminaban, es decir, párvulos y adolescentes convivían en la misma aula y centro, en pésimas condiciones.
Por aquel entonces, el Ayuntamiento de Cartagena comisionó a Martí Alpera y a su colega Enrique Martínez Muñoz para realizar un viaje de estudios por Francia, Bélgica, Alemania, Suiza e Italia, con el encargo de importar lo mejor de la pedagogía europea del momento.
Todo lo que aprendió quedó recogido en Por las escuelas de Europa, un libro que hoy sigue siendo fascinante. Leerlo es asomarse al asombro de quienes, a principios del siglo XX, veían por primera vez algo que para nosotros resulta casi obvio: que los niños y niñas estuvieran agrupados por edades, que el mobiliario fuera proporcional a su cuerpo, que existiera un recreo en mitad de la jornada, que hubiera materiales didácticos adecuados, aulas con luz y ventilación, y una enseñanza que pusiera al niño en el centro.
Encontrar el libro original Por las escuelas de Europa es algo complejo, pero resulta accesible leer Por la escuela pública y la infancia, una selección de textos del propio Martí Alpera editada por Pedro Luis Moreno Martínez (profesor de la UMU), que permite acercarse a su pensamiento pedagógico a través de 40años de escritura y que tiene, además, la virtud de situar cada texto en su contexto histórico.
Para entender la obra de Martí Alpera conviene conocer el movimiento de la Escuela Nueva. Surgida a finales del siglo XIX y consolidada en las primeras décadas del XX, esta corriente pedagógica defendía que frente a una educación basada en la memorización, la disciplina y la transmisión pasiva de contenidos, era necesario partir de la dignidad y los intereses del niño como fundamento de toda enseñanza. Imbuido de estas ideas (y de las de la Institución Libre de Enseñanza), Martí Alpera dedicó su vida a la transformación profunda de la escuela pública española.
Y ahora sí, explico mejor el título de este artículo. Lo verdaderamente fascinante de Por la escuela pública y la infancia es que aborda debates totalmente de actualidad. Discusiones que hoy en día se tienen en redes sociales por parte de educadores, y nos parecen modernas, tienen más de un siglo de antigüedad, y fueron planteadas por los maestros y maestras que construyeron el sistema educativo tal cual lo entendemos hoy en día. Voy a abordarlo con ejemplos concretos del propio libro Por la escuela pública y la infancia. Recuerdo que estos textos tienen más de 100 años.
Sobre el libro de texto
Martí Alpera resalta lo absurdo de cuestionar únicamente los libros de texto, como si mejorando el material automáticamente se produjera una mejora de la enseñanza, cuando la clave es el papel del docente:
“Algunos la emprendieron con los libros de texto, como si no hubiera cosas de más injundia que reformar, o como si el libro de texto no fuera, como muchas otras cosas, útil o nocivo según el uso que se haga de él”.
Sobre las reformas educativas
Martí Alpera critica que cada vez que llega un nuevo movimiento político al gobierno, deroga la ley educativa anterior, sin cuestionar las cosas buenas que podría tener:
“Al posicionarse nuestros políticos de la cartera de Instrucción Pública parece que no les ha movido más propósito ni alentado más estímulo que el de derribar con furia sorda toda la obra de sus antecesores. A veces ha faltado valor para esto, y entonces se ha hecho lo posible para desacreditarla. Así, a muchas disposiciones no se les ha concedido tiempo ni aún para el fracaso”.
Sobre la concepción de la escuela
En su obra cuestiona también la concepción social de la escuela: esta no puede reducirse a un mero depósito de niños. Y advierte que quien se atreve a romper con la tradición memorística para ensayar métodos más innovadores se expone a una crítica feroz por parte del resto:
“La idea que de la escuela se tiene se aproxima mucho a la de un almacén de niños”.
“Si el mejor colegio es el que más tiempo tiene encuartelado al niño, el mejor maestro es el que le abruma con mayor carga de libros de texto y le señala más lecciones. El que pretenda suprimir los recitados memoristas y haga la enseñanza racional convirtiéndola en continua del espíritu, ése se expone a quedarse sin alumnos”.
Aspecto político de la escuela
Martí Alpera no se limitaba a pensar en el niño o niña como sujeto de aprendizaje. Lo pensaba también como futuro ciudadano o ciudadana, y eso le llevaba a reivindicar para la escuela una función que sabía polémica. Con una claridad y una valentía que sorprenden incluso hoy, escribía:
“La misión social de la escuela ofrece también un carácter político de evidente interés. El niño será mañana un ciudadano, es decir, una porción de soberanía, y unido a los demás niños decidirá de la suerte de las naciones”. “Prepararlo para vivir en un país de sufragio universal, al educarlo en la tolerancia y el respeto a los opiniones y creencias de los demás, al disponerlo para la vida civil, la escuela realiza una función política de trascendencia positiva en la existencia del Estado”.
“Pero eso es hacer política, paréceme que me están gritando en estos momentos. Pues bien. sí: eso es hacer política, ¿por qué no? eso es hacer política, pero una política noble y elevada, una política educadora, aquella política que recomendaba Juan Macé a los franceses cuando les decía que hicieran en la escuela electores, pero que no hicieran elecciones”.
La escuela debe ser pública
La escuela no debe ser un negocio, algo que ya se reivindicaba a principios del siglo XX:
“Al crear una escuela, el Estado persigue un fin generoso, un fin desinteresado; pero si no la crea o la crea en malas condiciones, entonces ocurre una de estas dos cosas: o deja a los niños en la ignorancia y la barbarie, o abandona el campo a entidades que las más de las veces sólo persiguen un fin mercantil o no son más que pobres instrumentos de la intransigencia y del fanatismo”.
Las prácticas en magisterio
No menos lúcido era su pensamiento sobre las prácticas docentes, un tema que sigue generando debate en la formación del profesorado:
“Se ha dicho que las prácticas no deben ser una asignatura. Es verdad. Las prácticas no deben ser una asignatura. A veces la asignatura, pasado algún tiempo, no deja nada ni en la mente ni en la conducta, y las prácticas deben ser la pedagogía en acción, el pensamiento educativo hecho realidad, la teoría didáctica convertida en hábitos docentes […]. Más, para que esto sea así, las prácticas han de tener algo de asignatura”.
Leer a Martí Alpera produce una extraña y emocionante sensación. A pesar de la distancia temporal y las diferencias claras del sistema educativo de entonces y de ahora, en sus textos se reconocen los mismos debates que hoy se libran en redes sociales y claustros: la escuela como almacén de niños y niñas, las reformas que arrasan con lo anterior sin evaluarlo, las prácticas que no acaban de ser ni una cosa ni la otra, la función política de la educación, la escuela pública frente al negocio privado o la necesidad de mejorar la forma en la que se enseña. Todo eso lleva más de cien años sobre la mesa.
La historia de la educación no es un catálogo de leyes. Es una historia de personas que creyeron que la escuela podía ser algo mejor de lo que era, y que hicieron algo al respecto. Martí Alpera fue depurado tras la Guerra Civil. Es decir, el hombre que dedicó su vida a construir una escuela más libre fue apartado de ella. Pocas cosas ilustran mejor por qué la educación importa, y por qué importa también recordar a quienes la defendieron.
