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Rosa Vidiella se define como trabajadora de la enseñanza y especialista en formación de maestros y familias. Hablar con ella es descubrir la historia de las escuelas del barrio desde el franquismo y de las reuniones en la clandestinidad, porque reunirse para debatir mejoras sociales y políticas estaba prohibido. La atención adecuada a los niños desde la cuna y desde el conjunto de la comunidad ha sido su militancia, y antepone los derechos de la infancia por encima de todo. Ella, que todavía imparte formaciones a maestros, sigue formándose y actualizándose, aunque asegura que con quienes más ha aprendido es con los niños. En esta entrevista, habla también de las movilizaciones actuales del 0-3 y considera que muchas de las reivindicaciones de hace décadas, como la visibilidad de esta etapa educativa, siguen vigentes.
Empezaste como maestra en la escuela infantil en la época del franquismo, cuando entonces las llamaban «guarderías». ¿Cómo era la situación del 0-3 en Barcelona?
Yo no me había planteado trabajar en educación. Empecé a trabajar a los 14 años, cosiendo, con un sastre. Como muchas familias modestas, tenía que llevar un sueldo a casa. Entonces, los padres pretendían que subieras de categoría, y soñaban con que fueras administrativa, así que, después del trabajo, iba a hacer contabilidad, mecanografía, taquigrafía, francés… Lo hice en la academia José Antonio Girón, «para los hijos de los trabajadores del textil». Mi padre trabajaba en el textil y tuve derecho a ir a esa academia.
Empecé a estudiar para asistente social, pero el segundo año mi madre enfermó y murió, y tuve que dejar esa diplomatura, porque tenía dos hermanos más jóvenes y mi padre, y tenía que seguir trabajando. A los 25 me casé y a los 31 tuve el primer hijo. Fue cuando me quedé embarazada cuando me nacieron todas las responsabilidades, políticas y de todo tipo. Estuve recorriendo todo el barrio mirando qué había de educación y fui al distrito, del Ayuntamiento franquista. Todavía recuerdo la mesa vacía del concejal, sin ningún papel. Aquella gente vivía del cuento, como se decía popularmente. Le pregunté qué había en Sants de guarderías, como las llamábamos entonces, y él no tenía ni idea. Ni idea. Entonces, empecé a recorrer, a preguntar, y las cosas que veía… Se me caía el alma a los pies.
¿Qué viste?
Recuerdo una escoleta que era hasta los 6 años, vi un aula con 80 criaturas, con el abrigo puesto, y la maestra, sola, con un brasero al lado. Más lumpen no podía ser. Miré escuelas por el barrio, estaba la escuela Perú, ahora escuela Cal Maiol. ¿Sabes de dónde viene el nombre Perú? Mucha gente piensa que es por el país. Era por un barco-prisión del bando nacional que estaba en el puerto de Barcelona durante la Guerra Civil. De público, estaban el Perú y la Escuela Nacional de Niñas, en la Bordeta. Aquello también era un aula de 80 niñas y ningún patio.

Hacía un par de años que se había creado la Escola Proa, vinculada a la parroquia de Sant Medir. Allí había gente progresista interesada en hacer una buena educación, pero era privada, y yo buscaba públicas. Y me explicaron que eso sería más adelante, y es verdad que formaron parte del CEPEPC (Colectivo de Escuelas por la Escuela Pública Catalana), pero cuando llegó la votación para poder ser pública se echaron atrás.
Conoces la historia de todas las escuelas del barrio. ¿Qué sacaste de tu investigación a pie de calle?
En esos momentos, en la parroquia de Sant Medir había una asistente social, éramos amigas porque habíamos coincidido en la formación, y se puso en marcha, con ella y un grupo de familias, una encuesta en el barrio para saber si hacía falta una guardería. Y es aquí donde entré yo. Primero fueron a un piso que había en la Carretera de la Bordeta. La parroquia nos dejó un piso antiguo y nos pusimos allí con dos maestras. Después, fuimos a una tienda, y después aquí arriba.
¿En este edificio, el Centre Social de Sants?
Sí. Entonces teníamos un grupo de barrio, por temas clandestinos. Nos reuníamos en el SOS. Era un edificio de beneficencia y aquí se hicieron visitas médicas hasta que apareció la Seguridad Social. Se fue trabajando y aquí arriba pusimos la escuela infantil, hasta que hubo amenaza de ruina y tuvimos que marcharnos. Ahora hay una escuela nueva, en la misma calle Olzinelles, que se llama Guinbó.
Tendría que haber dos maestras por grupo y un especialista externo
¿En qué momento te planteaste que estos centros no eran solo un lugar donde dejar a niños de familias trabajadoras, sino que tendría que haber un proyecto pedagógico?
Eso lo aprendimos de los niños. Las maestras éramos gente con bastante conciencia y nos dimos cuenta de que lo que hacíamos no era tener a los niños limpios y llenos hasta que venían los padres de trabajar, sino que era un lugar de convivencia para los niños, a veces incluso para las familias de Sants. Todo esto nos hizo entender que era un trabajo que requería mucha formación y empezamos a ir a las escuelas de verano de Rosa Sensat.
¿En aquella época se hablaba de «derechos de la infancia»?
Había personas que tenían esa conciencia. Yo estuve en un grupo que se llamaba Moviment Democràtic de Dones, en los años 60 y tantos. Allí, de alguna manera, transformabas el pensamiento. También estaba prohibido, no sé cómo nos las arreglábamos. Nos reuníamos dentro de las iglesias, quizás una vez al mes, y cómo convocábamos a la gente, no lo sé, pero nos encontrábamos, hablábamos de la injusticia de la Guerra de Vietnam, o sea, a favor de los derechos humanos. Eso también lo hacían en otros lugares. Y en esa reflexión política o social era donde entraban las escuelas infantiles, la necesidad de tener algún espacio para esos niños, de padres y madres que trabajaban.

Yo estuve hasta el año 1976. En ese momento nació el Patronat Municipal de Guarderies Infantils, que lo hicimos nacer la coordinadora de guarderías. Ganábamos poco y necesitábamos el sueldo, e hicimos instancias a las delegaciones de los ministerios, de Industria, del Social… Pero llegamos a la conclusión de que quien tenía que hacerse cargo era el Ayuntamiento. Y empezamos a ir al Ayuntamiento con niños, con familias, con maestras… Y, cuando nació el Patronat Municipal de Guarderies, ofrecieron una plaza de técnico con la idea de traspasar la pedagogía que las cooperativas habían creado al Ayuntamiento. Porque el Ayuntamiento ya tenía seis guarderías.
Y fuiste técnica del Patronat. ¿Qué reclamabais?
Reclamábamos que jurídicamente se hiciera cargo el Ayuntamiento, y empezamos a reclamar el derecho a ser maestras. La ley decía que todo el que hacía un trabajo tenía que tener la titulación y la mayoría no eran maestras. La Autónoma hizo un plan especial, y Rosa Sensat también, y mucha gente se apuntó para poder sacarse el título de maestras en un par de años.
Yo no lo hice porque tuve el segundo hijo, pero apareció una formación que se llamaba Escola d’Educadors Especialitzats, que ya no existe, donde iba gente que quería reformar la educación especial, social, intelectual y física. Yo fui muy pesada insistiendo en que para mí era muy importante trabajar con bebés, que tendríamos que considerarlos especiales porque no se sabía nada de ellos, y me admitieron. Estuve tres años, y es la mejor formación de mi vida. Aprendí de todo.
¿De alguna manera, reclamabais la importancia de esta etapa inicial educativa?
Siempre.
Hoy en día continúa la reivindicación. Precisamente, uno de los lemas de las movilizaciones es que el 0-3 existe.
¿Sabes por qué lo dicen? Porque en el colectivo de formadores todavía no existe. Aunque digan que sí, no cuentan con el 0-3.
¿Y cómo puede ser que hayan pasado más de 50 años y todavía se reclame la visibilización del sector?
La realidad es que cobran menos. No puede ser que cobren peor las maestras que, desde mi punto de vista, tienen que saber más en todos los sentidos, porque ser maestra del 0-3 significa tener grandes conocimientos del crecimiento y la evolución de los niños y, además, un gran corazón, una gran sensibilidad. Si no eres capaz de mirar a los ojos a un niño, no puedes ayudarle ni acompañarle en su saber.
De hecho, antes has comentado que fuisteis conscientes de la importancia de la convivencia con los propios niños. ¿Os hicieron de maestros?
Nos sorprendían siempre. Recuerdo anécdotas en la Escola d’Estiu de Rosa Sensat de personas con título, de medicina y sobre todo de psicología, que afirmaban cosas con las que nosotras no estábamos de acuerdo y empezamos a atrevernos a pedir la palabra y a decirlo: «No, eso no lo hacen a los ocho meses», «eso…». Era nuestra opinión creada por el conocimiento, por la experiencia. Hoy en día, David Bueno, biólogo y neurocientífico, nos ha abierto el mundo. Sesenta años después, está afirmando cosas que nosotras ya afirmábamos.
¿Qué has aprendido de los niños?
Si estás en contacto con un bebé, cada día aprenderás cosas. Si le escuchas, si le miras. Pero no si solo le dices lo que tiene que hacer o solo pones límites.
¿El límite sería la peligrosidad?
Un ejemplo, cuando están en un arenero. Les encanta tirar arena al otro, pero no se puede hacer porque molestas a los demás. Tampoco hace falta hacer un discurso cuando tiene uno, dos o tres años. Todavía hay maestras que dicen «¿a que no te gustaría que te lo hicieran a ti?», unas explicaciones y unas moralinas que no tienen que ver con lo que sienten los niños de un año y medio o dos años, que lo que les rige es el impulso y el disfrutar de las cosas. Tienes que decir «no», poner la mano si hace falta, y punto. Porque eso lo entienden.

Las trabajadoras de la primera infancia piden menos ratios. ¿Esto ha mejorado, ha empeorado o sigue igual?
Creo que ha empeorado un poco porque llegamos a un máximo de 18 y ahora hay lugares donde llega a las 20 criaturas de tres años. Yo creo que no debería haber una persona adulta por cada 15 criaturas. Hay escuelas que tienen dos educadoras por grupo. Hay una diferencia enorme de ambiente, de convivencia, de paz y de tranquilidad entre las escuelas que tienen las ratios más altas y más bajas. Hay otra cosa, las maestras se sienten solas. Hay muchos interrogantes que tienen que resolver solas en el día a día. Tendría que haber dos maestras por grupo y un especialista externo.
Tu lucha a favor de la infancia no se detiene y también has apoyado y has participado en las movilizaciones de estos días y semanas del 0-3.
Yo no sé si hay que ir o no hay que ir a la huelga. Eso solo lo pueden saber los trabajadores, pero la mayoría de las cosas que me llegan se refieren a los derechos de los adultos, y en eso no estoy de acuerdo. Tenemos que defender el derecho de los niños. Una cosa que me ha pasado, en una escuela infantil, veo a un niño, y digo «me parece que este niño reclama a su maestra», y me dice «sí, pero es que ahora tiene sus 20 minutos para ir a desayunar por derecho sindical».
Además de los derechos de los adultos, están los derechos de los niños, y el primer derecho de un niño pequeño es que no se le abandone desde que se marchan los padres hasta que vuelven los padres. Tiene que haber una persona de referencia, con la que él mire y sienta que está acogido, que hay un vínculo que va creciendo cada día.
¿Encuentras que hay una mirada adultocéntrica? En las manifestaciones sí que reivindican mejorar la calidad en la educación de la primera infancia…
Se reivindican poco. Hay un poco de egocentrismo. Ellos dirían que no, porque cuando lo comento dicen que no es así. En los años 70, poníamos por delante de todo los derechos de los niños, ahora no estoy segura de que sea así. Y no hay otro camino.
En los años 70, poníamos por delante de todo los derechos de los niños, ahora no estoy segura de que sea así
El otro día oía por la radio que los alumnos con necesidades especiales se han duplicado en cuatro años, y he pensado mucho en eso. ¿Por qué? Desde mi punto de vista, es por dos razones: una, porque seguimos sin acompañar correctamente a los más pequeños y a las familias. Hablo en general, hay maestras y familias que lo hacen muy bien. Pero, en general, no hacemos lo que necesitan los niños pequeños. Y la otra, es que antes no se le daba tanta importancia, se hablaba despectivamente de las dificultades de los niños, no se conocía lo que se conoce ahora.
¿Qué recursos había?
Con el equipo de Guinbó teníamos prohibido decir la palabra «problema». Eso de decir «este niño tiene un problema, y como sus padres…» y encima delante de los padres, no se hacía. Este niño no tiene un problema, este niño tiene una dificultad. Tenemos que ver de dónde viene esa dificultad y mirar si podemos ayudar a superarla. Yo sí que lo he vivido, ver a un niño que no entendías demasiado qué hacía y lo repetía y lo repetía, pero antes de crear la alarma de «este niño tiene un problema», primero, mirar en qué momento ocurre, con qué juguetes, etc. Y también, consultar, plantearte recursos pedagógicos; por ejemplo, en el tema del balanceo. El balanceo, a veces, es un síntoma de niños que buscan unos ritmos y se atascan en esos ritmos. Tú estás al lado y puedes sumarte a ese juego, y entonces rompes la obsesión. Y si facilitas otros juguetes de moverse, amplías esa posibilidad. Si buscando recursos pedagógicos no lo consigues, lo que habíamos establecido en la Educación Especial era consultar a un especialista.

Aquí, en el barrio, conocíamos a una psicóloga que nos gustaba y cuando le decíamos: «Mira, nos preocupa un niño que hace esto», ella nos orientaba, y si la cosa no avanzaba, hablábamos con la familia y le explicábamos que veíamos algo que no lo veíamos claro y que quizás valdría la pena mirarlo un poco más a fondo. Entonces es el momento, pero no delante del niño, no asustando a las familias. Yo recuerdo a un niño que lo que tenía era una sordera importante, no es que estuviera en otra dimensión… El proceso es, primero, observar y, después, facilitar recursos que le puedan ayudar. La mayoría de las veces, así se solucionan las cosas, y si no es así, hablar con las familias sin alarmismo, porque ahora parece que a todos los llevan al CDIAP (Centro de Desarrollo Infantil y Atención Temprana).
Entiendo, por lo que explicas, que las movilizaciones no deberían ser solo de las trabajadoras del 0-3, sino del conjunto de la sociedad. ¿Desde las familias hasta todas las etapas educativas, porque es la base?
Sí, son derechos humanos. Que es la base lo dice todo el mundo: «Tenemos que pensar que los tres primeros años de vida son los esenciales para toda la vida». Pero lo dicen y se quedan tan anchos. Políticos, técnicos y todo el mundo. Francesco Tonucci lo explica muy bien, él mira a los niños y busca el absurdo de las respuestas del adulto. Una viñeta clásica de él es de alumnos de parvulario de 3 a 4 años. El adulto dice «hoy iremos a ver tiendas, agárraos». Y van todos agarrados. Y cuando vuelven a la escuela la maestra dice «dibujad lo que habéis visto», y los que ya saben dibujar, dibujan la nuca del niño de delante.
¿Qué se puede hacer para mejorar la vida de los niños, desde las escuelas infantiles y desde la comunidad? ¿Qué nos falta?
Tratar de entenderlos más, escucharlos más y respetarlos más. Se aprende mucho mirando al niño. A los tres o cuatro meses, por ejemplo, si mueve la mano y la mira, no hay un movimiento voluntario, no es que el niño diga «voy a mirarme la mano», es que se mueve, y pasa esa mano, y de repente, consiguen dejarla quieta y seguir mirándola. Después, vuelven a buscarla y no pueden, hasta que vuelven a poder. Así nace el movimiento voluntario, con la práctica. Quizás ese niño necesita media hora para verse las dos manos, y nosotros si no lo sabemos, al cabo de cinco minutos ya estamos preocupados y nos preguntamos qué hace. Dejémosles, en su edad, que hagan lo que ellos sienten. Dejémosles que aprendan a su ritmo.
El camino siempre será aprender más de los niños y también de nosotros mismos para ir encontrando las respuestas adecuadas y mejorar las condiciones de los entornos (maestros, ratios, espacios físicos, etc.).

