Somos una Fundación que ejercemos el periodismo en abierto, sin muros de pago. Pero no podemos hacerlo solos, como explicamos en este editorial.
¡Clica aquí y ayúdanos!
Utopía. Durante años fue una palabra capaz de poner en marcha movimientos sociales, proyectos políticos y sueños colectivos. Hoy suele aparecer acompañada de una sonrisa escéptica, como si nombrara algo ingenuo, excesivamente idealista o condenado al fracaso antes incluso de comenzar.
Quizá el problema sea que hemos confundido la utopía con la perfección, porque una sociedad perfecta resulta difícil de imaginar. Una educación perfecta también. Las personas somos demasiado complejas para caber dentro de un plano cuidadosamente diseñado y la realidad tiene la costumbre de desbordar cualquier proyecto que pretenda anticiparla por completo.
Pero tal vez la utopía nunca tuvo que ver con eso, tal vez la utopía no sea un lugar al que llegar, sino una dirección hacia la que caminar.
Al fin y al cabo, nadie siembra un árbol porque espere sentarse mañana bajo su sombra, lo hace porque comprende que algunas de las cosas más importantes merecen ser construidas mucho antes de que puedan disfrutarse.
La educación pertenece a esa categoría de cosas.
Cada vez que un docente entra en un aula está trabajando con el presente, pero también con algo que todavía no existe. Enseña a personas que aún están construyéndose, prepara para problemas que todavía desconocemos e intenta cultivar capacidades que quizá solo cobren sentido dentro de muchos años. Educar es, en cierto modo, dialogar constantemente con el futuro.
Y resulta difícil mantener esa conversación cuando hemos dejado de preguntarnos hacia dónde queremos ir.
Educar es imaginar
Quizá por eso toda educación encierra una utopía, incluso cuando no la nombra.
Está presente en las preguntas que hacemos y en las que evitamos. En aquello que consideramos importante enseñar y en aquello que dejamos fuera. En la forma en que entendemos el éxito, la convivencia, la libertad o el conocimiento.
Cada decisión educativa contiene una determinada idea de ser humano y una determinada imagen de futuro.
A veces hablamos de la escuela como si fuera una institución dedicada únicamente a transmitir conocimientos. Sin embargo, basta observar con atención lo que ocurre en cualquier aula para comprender que siempre sucede algo más.
Cuando enseñamos a cooperar, estamos imaginando una sociedad. Cuando enseñamos a competir, también. Cuando fomentamos el pensamiento crítico, estamos apostando por un tipo de ciudadanía. Cuando priorizamos la obediencia, estamos apostando por otra.
La cuestión, por tanto, no es si educamos desde una utopía o no. La cuestión es cuál es esa utopía.
Quizá por eso resulta tan difícil aceptar la idea de una educación completamente neutral. Educar consiste precisamente en abrir posibilidades, en mostrar que el mundo puede ser pensado, interpretado y transformado de diferentes maneras. Y eso implica siempre una mirada sobre lo que consideramos deseable.
Sin embargo, vivimos en una época extraña. Una época que parece sentirse cómoda gestionando el presente, pero cada vez más incómoda imaginando el futuro. Hablamos mucho de innovación, de competencias y de adaptación, pero rara vez nos detenemos a conversar sobre el horizonte hacia el que queremos caminar.
Como si hubiéramos aceptado que la tarea de la educación consiste únicamente en preparar para el mundo que existe, olvidando que una de sus funciones más profundas ha sido siempre ayudar a construir ese mundo que todavía no está.
La utilidad de lo imposible
Educar siempre ha tenido algo de acto de fe.
No porque exija creer en certezas, sino porque obliga a trabajar con posibilidades. Ningún docente sabe exactamente quién llegará a ser el alumno que tiene delante. Ninguna familia conoce por completo el futuro de sus hijos. Ninguna sociedad puede anticipar con precisión los desafíos que tendrá que afrontar dentro de veinte años.
Y, sin embargo, seguimos educando.
Quizá ahí resida la verdadera utilidad de la utopía; no en ofrecernos un destino perfecto, sino en recordarnos que el futuro no está completamente escrito. Que las personas pueden cambiar. Que las sociedades pueden transformarse. Que el mundo puede ser distinto de como es hoy.
La utopía no elimina la incertidumbre ni resuelve los problemas de la educación. Pero nos recuerda algo que a veces olvidamos entre informes, evaluaciones y estadísticas: que educar siempre ha consistido, en el fondo, en apostar por posibilidades que todavía no podemos ver.
Y quizá por eso seguimos necesitando utopías. No porque vayamos a alcanzarlas algún día, sino porque nos ayudan a no olvidar hacia dónde queremos caminar.

