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A las 20:30 h del jueves 13 de octubre de 2011 se presentaba en el 44.º Sitges-Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya la película Pollo con ciruelas (Poulet aux prunes, 2011), apenas un mes después de su estreno en la Sección Oficial del Festival Internacional de Cine de Venecia. Como miembro de uno de los jurados de aquella edición, tuve el privilegio de ser testigo de la presentación de la codirectora y de ver la película sentado justo delante de ella: la autora Marjane Satrapi (1969-2026), quien había adaptado su propia novela gráfica junto a Vincent Paronnaud, después del éxito conjunto de Persépolis (Persepolis, 2007).
La película de animación Persépolis había ganado el Premio del Jurado del Festival de Cannes, dos premios César del cine francés (Mejor Ópera Prima y Mejor Guion Adaptado), además de numerosos galardones y nominaciones, incluida la de Mejor Película de Animación en los Premios Óscar de 2008. Ese apabullante reconocimiento al trabajo realizado fue fundamental para que la autora decidiera aprovechar la oportunidad de dedicarse a la dirección cinematográfica a partir de ese instante, y Poulet aux prunes sería su confirmación en el cine de imagen real, con un reparto protagonizado por Mathieu Amalric, con la participación de Maria de Medeiros, Édouard Baer y Chiara Mastroianni, entre otros. La cinta adaptaba su novela gráfica homónima, Pollo con ciruelas (Poulet aux prunes, 2004), que había supuesto su consagración definitiva a nivel nacional e internacional. El cómic, publicado por el sello Reservoir Books en ediciones en castellano y catalán, con traducciones de Carlos Mayor y Mireia Alegre, respectivamente, está ambientado en Teherán en 1958 y lo protagoniza Nasser Ali Khan, un virtuoso músico «que, después de que su mujer, en una discusión airada, haya roto su tar —un instrumento tradicional prácticamente irremplazable—, solo desea morir». Las viñetas muestran, en un crudo y contundente blanco y negro, los siguientes ocho días hasta llegar al fatal desenlace: «tal es su determinación que no piensa salir de la cama hasta que la muerte se lo lleve. Le da la espalda al mundo y a todos sus placeres. No se levantará ni siquiera para comer su plato favorito, pollo con ciruelas».

La novela gráfica Poulet aux prunes había ganado el Premio al Mejor Álbum en el Festival International de la Bande Dessinée d’Angoulême de 2005, el reconocimiento más prestigioso que concede el certamen a una obra individual. Satrapi se inspiró directamente en la historia real de su tío abuelo materno, un célebre músico iraní llamado Nasser Ali Khan (quien en la vida real tocaba el tar, un instrumento tradicional persa de cuerda, aunque en la película se cambió por un violín). La trama central del relato es real, especialmente lo que le acontece a su protagonista, recogida a través de los recuerdos y anécdotas que la autora había escuchado en su hogar sobre este familiar.
En Sitges, la autora nos explicó que tanto la novela gráfica como la película «funcionaban como un homenaje a la pasión artística y a cómo el dolor emocional puede llegar a destruir físicamente a una persona». Para el protagonista, el tar, irremediablemente roto, es mucho más que un objeto: es el instrumento que permite mostrar su genialidad como artista, pero también descubriremos que es un lazo emocional con el recuerdo de Irâne, el gran amor de su vida, y a la que renunció en su juventud. Al no encontrar un instrumento que suene con el mismo virtuosismo, el músico experimenta un trauma psicológico, y decide acostarse en su cama… de la que ya no se levantaría. En los tres primeros días se desconecta de su entorno familiar y del mundo exterior. Los siguientes tres días rechaza su comida favorita, que había preparado su esposa para devolverle las ganas de vivir. Durante los últimos dos días asistimos a una muerte psicogénica, aparentemente producto de una profunda depresión clínica.

Satrapi nació en 1969 en Rasht (Irán), en el seno de una familia acomodada y de ideología progresista. Utilizó los recuerdos de su infancia y los relatos de sus padres para recrear el Teherán de finales de los años cincuenta. Quería retratar una época dorada, culta y vibrante de Irán, la cotidianidad de una burguesía iraní con una experiencia vital muy alejada del país severo que le tocó vivir a ella tras la Revolución Islámica de 1979. Algo que conocemos muy bien gracias a su obra cumbre, la novela gráfica Persépolis (Persepolis, 2000-2003), publicada originalmente en Francia en cuatro volúmenes, disponibles ahora también en versión integral, editada por el sello Reservoir Books en castellano y catalán con el mismo equipo de traductores que el resto de su obra.
A finales del milenio y principios del siguiente, Satrapi irrumpe en el sector del cómic con una obra singular que, más allá de un ensayo académico o documental, mostraba con viñetas, y a través de los ojos de una niña, la realidad de la Revolución Islámica de 1979 y su terrible efecto represor sobre una sociedad moderna, que se desesperó ante el fanatismo y su consecuente y obligada desconexión cultural. La joven protagonista deberá aprender a llevar el velo mientras se segrega a los estudiantes por su género y se controla y limita la educación, especialmente de las mujeres, además de prohibirse todo lo que no esté alineado con el nuevo régimen teocrático liderado por el ayatolá Jomeini (1902-1989), el cual implantó normas de control social muy severas.
Entre otras decisiones insólitas se prohibió la música, considerada un estimulante mental peligroso, especialmente la que venía de Occidente. El ayatolá Jomeini declaró públicamente que la música «embrutecía el cerebro y actuaba como una droga», además de prohibir por ley que las mujeres cantaran en público o en solitario en las emisiones de radio y televisión, al considerarse que su voz tenía «una carga sensual inapropiada». Se prohibió la tenencia de perros por considerarlos impuros, los juegos de mesa como el ajedrez y las cartas, o la posesión de reproductores de vídeo o casetes. Los hombres que trabajaban en la administración pública tenían prohibido afeitarse y las mujeres no podían maquillarse o pintarse las uñas, una labor implacable de las patrullas de la moral, como se conoce popularmente a los Guardianes de la Revolución.

Satrapi narra este cambio radical con una explícita renuncia al color y al detalle hiperrealista, utilizando deliberadamente un trazo plano y expresionista. Esa elección visual permite universalizar a sus protagonistas, facilitando que los lectores empaticemos con esa niña que «intenta comprender por qué los mismos intelectuales de izquierda que celebraron la caída del Shah terminan ahora sistemáticamente ejecutados por el nuevo régimen teocrático». La autora desmitifica la pomposidad corrupta del régimen imperial, pero retrata con igual crudeza la asfixia moral impuesta por los Guardianes de la Revolución. Sin embargo, el verdadero valor analítico de la obra se despliega en su segunda mitad, cuando la narración se traslada a Viena. El complejo contexto político que se dio en su país en los años posteriores a la revolución de 1979 motivó que fuera enviada a Viena para que continuara sus estudios de secundaria en el Liceo Francés de la capital austríaca. Una vez que volvió a Irán, se matriculó en Bellas Artes en la Universidad de Teherán, donde obtuvo el máster en Comunicación Audiovisual. En el exilio europeo, la protagonista no encuentra la liberación soñada, sino «una nueva forma de violencia pasiva: la condescendencia, el racismo sistémico y la alienación. Satrapi se convierte así en una paria bidireccional: demasiado iraní y «peligrosa» para una Europa que la mira con sospecha, y demasiado occidentalizada y «corrompida» para el Irán al que intenta regresar años después».
En el ensayo La tradición eterna (1895), del filósofo Miguel de Unamuno (1864-1936) —publicado originalmente en la revista La España Moderna (1889-1914) y, más tarde, compilado en forma de libro en el recopilatorio En torno al casticismo (1902)—, se acuñó el término «intrahistoria» con el que reivindicaba que la verdadera historia es la sencilla pero intensa vida cotidiana. Precisamente por eso, Persépolis funciona como un extraordinario documento de investigación histórica porque prioriza el espacio doméstico sobre el institucional. La devastadora guerra entre Irán e Irak no se explica mediante mapas de movimientos de tropas, «sino a través de las llaves de plástico pintadas de dorado que el gobierno entregaba a los niños de los barrios pobres, prometiéndoles el paraíso si morían en el frente detonando minas terrestres con sus cuerpos». La intrahistoria queda reflejada perfectamente «en el dolor colectivo que representa el racionamiento, o en el miedo a que un misil destruya el edificio de al lado mientras se camina por Teherán escuchando cintas de contrabando de Iron Maiden», como si de un acto revolucionario se tratara.

El primer volumen de Persépolis ganó el Premio Revelación en el festival de Angoulême, reconociendo el gran impacto inicial que supuso su primera historia autobiográfica en el mercado francés. El segundo volumen se alzó con el Premio al Mejor Guion un año después, en 2002, consolidando la fuerza narrativa de la obra al retratar su adolescencia y exilio en Austria. Y a pesar de que el tercer y cuarto volumen no consiguieron ninguna distinción en dicho certamen, sirvieron para consagrar la tetralogía con el favor unánime de la crítica y del público, además de conseguir numerosas nominaciones y premios a nivel nacional e internacional. La pregunta de cuándo llegaría su siguiente obra y cuál sería la temática no se hizo esperar mucho, y la propuesta resultó brillante de nuevo.
Bordados (Broderies, 2003), novela gráfica publicada por el sello Reservoir Books en castellano y catalán, es una joya costumbrista de Satrapi que funciona como «una radiografía íntima, cómplice y profundamente subversiva de la mujer iraní contemporánea». La historia acontece en una habitación donde un grupo de mujeres de tres generaciones distintas —abuela, madre, hija, tías y vecinas— se reúne a tomar el té por la tarde. Mientras los hombres duermen la siesta, estas mujeres inician una tertulia sin censura sobre temas tabú: «el sexo, el matrimonio concertado, la infidelidad, los hombres, el divorcio y las presiones sociales sobre la virginidad (concepto que da un doble significado irónico al título del cómic). Lejos de la imagen sumisa que a menudo exporta Occidente, la autora retrata a unas mujeres inteligentes, irreverentes, desacomplejadas y dotadas de un humor negrísimo».

Después de esas espectaculares tres primeras novelas gráficas y su éxito con las dos películas codirigidas, se labró una carrera en el cine. Su siguiente película fue La bande des Jotas (2012), un cambio radical respecto a lo que había hecho hasta ese instante, al tratarse de una producción independiente de bajo presupuesto, una comedia negra en formato de road movie. La película arranca con un enredo clásico del cine de suspense: el intercambio accidental de equipaje en un aeropuerto. El personaje de la mafia que descubre que alguien ha cogido su maleta es la misma Marjane Satrapi y uno de los inocentes involucrados en la persecución era su pareja Mattias Ripa. Ripa, de origen sueco y economista de formación, y traductor al inglés de las novelas gráficas de la autora, no solo se puso delante de la cámara para dar réplica a su mujer en este viaje cómico, sino que también ejerció como productor de la cinta.
Su incursión en Hollywood llegó con su siguiente película: Las voces (The voices, 2014), protagonizada por un emergente Ryan Reynolds acompañado de Gemma Arterton y Anna Kendrick. Pero no sería hasta su posterior proyecto cuando conseguiría un gran estreno internacional con una biografía de un personaje universal: Madame Curie (Radioactive, 2019), rodada en inglés y protagonizada por la actriz Rosamund Pike, que adapta libremente la peculiar novela gráfica Radiactivo. Una historia de amor y efectos colaterales (Radioactive: Marie & Pierre Curie, A Tale of Love and Fallout, 2010), de la artista estadounidense Lauren Redniss. Su última película, Paradis Paris (2024), que además de dirigirla coescribe el guion junto a Marie Madinier, cuenta con un reparto internacional coral encabezado por Monica Bellucci y Rossy de Palma, una comedia negra que busca el sentido de la vida a través del espejo de la mortalidad. El guion funciona como una comedia de enredos macabros donde una docena de personajes se ven forzados a reevaluar sus vidas «tras tener un encuentro directo, absurdo o imprevisto con la muerte. La premisa central plantea una tesis optimista pero irreverente: frente a la inevitabilidad del fin, la única respuesta lógica es el coraje de seguir viviendo».

En la actualidad, es posible encontrar en castellano tres títulos publicados por el sello Astronave de Norma Editorial de su primera etapa como ilustradora, en concreto: La amistad de un oso y otros cuentos persas (Sagesses et malices de la Perse, 2001, edición ilustrada en 2017), coescrito junto a Lila Ibrahim-Lamrous y Bahman Namvar-Motlagh; y los cuentos infantiles Los monstruos tienen miedo de la luna (Les monstres n’aiment pas la lune, 2001) y Ajdar (2002). Estos trabajos de ilustración fueron los primeros que realizó después de llegar en 1994 a Francia, donde cursó estudios en la Escuela de Artes Decorativas de Estrasburgo. Fue tras su traslado a París en 1997 cuando inició su carrera como ilustradora, lo que la llevó a realizar Persépolis, auspiciada por compañeros de profesión que habían percibido el talento latente y lo interesante que resultaba su experiencia personal. Su trabajo pictórico le llevó a producir relevantes exposiciones en galerías de arte a lo largo de su carrera, siendo reconocida como doctora honoris causa de varias universidades, así como miembro de la Academia de las Bellas Artes de Francia en 2024.
Su última publicación destacada corresponde en realidad a una obra coral donde Satrapi ejerció como coordinadora de veintiún autores de diferentes nacionalidades y estilos, una necesidad impuesta para poder cumplir el objetivo de publicarla justo el día del aniversario de la muerte de la joven iraní de origen kurdo, Mahsa Amini, quien con veintidós años murió bajo custodia policial, magullada y con fuertes golpes en la cabeza, después de ser arrestada por mostrar ligeramente un mechón de cabello en la calle, cuando caminaba junto a su hermano. Su muerte a manos de la conocida como «Policía de la Moral» generó una ola de protestas en el país sin precedentes, adoptando, de forma espontánea, el lema «Mujer, Vida, Libertad» (Zan, Zendegi, Azadi, en persa), una expresión que ya había surgido y se había utilizado con anterioridad, a finales del siglo XX, para reivindicar el movimiento de libertad kurdo, y popularizado por diversas figuras políticas y culturales. La expresión recuperada, una vez más, se convierte en un grito de denuncia que se traslada de las montañas del Kurdistán a las calles de Teherán, actualizando el histórico lema revolucionario kurdo a la realidad de la situación de la mujer en el actual Irán (véase el artículo La revolución femenina que cambiará Irán).

El título de la obra coral era toda una declaración de intenciones: Mujer, vida, libertad (Femme, vie, liberté, 2023). Dos meses después de su lanzamiento, se había publicado en dieciséis idiomas de momento (en persa está disponible en versión gratuita en internet), incluidas las ediciones en castellano y catalán realizadas por el sello Reservoir Books del Grupo Editorial Penguin Random House y por la Editorial Finestres, respectivamente, en los dos casos con traducción de Carlos Mayor. Algunas de las historias son estremecedoras, todas basadas en hechos reales, como la de la dibujante Coco, que ilustra la historia de la joven arrestada por ir a un campo de fútbol y que decidió inmolarse para no volver a la cárcel. Algunos expertos valoran el hecho de que se trata de la primera revolución de marcado acento femenino, con mujeres protagonistas en el movimiento, tal y como queda reflejado en las historias cortas del cómic.
El viernes 25 de octubre de 2024, en el Teatro Campoamor de Oviedo, Marjane Satrapi recogía el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. El texto oficial del acta decía literalmente lo siguiente: «El jurado reconoce en la historietista, directora de cine y pintora de origen franco-iraní una voz esencial para la defensa de los derechos humanos y la libertad. Satrapi es un símbolo del compromiso cívico liderado por las mujeres. Destaca su talento para reinventar las relaciones entre arte y comunicación, como en su novela gráfica ‘Persépolis’, en la que plasma ejemplarmente la búsqueda de un mundo más justo e integrador». En las entrevistas realizadas esa semana abordó el proceso doloroso de seguir dibujando y documentando las atrocidades del régimen teocrático iraní (a los que definió como «Guardianes de la Revolución», no del país), y admitió que le dolía físicamente la mano al dibujarlos. Desarrolló una especie de alergia y náuseas cada vez que tenía que ilustrar a los represores, porque sentía que «tienen las manos llenas de sangre», pero asumía que era su deber moral hacerlo. Y el nuestro, el de leerla.


