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Cuando pensamos en las áreas artísticas de Educación Infantil, es frecuente que la atención se dirija hacia aquello que resulta más visible: un dibujo que llega a casa, una canción que los niños y niñas cantan durante la comida, una danza compartida en una celebración o una creación realizada con diferentes materiales. Sin embargo, quienes trabajamos diariamente en las aulas sabemos que esos productos finales son solo una pequeña parte de todo lo que sucede.
Detrás de cada obra artística y de cada experiencia musical existe un complejo proceso de aprendizaje que contribuye al desarrollo integral de la infancia. En realidad, muchas de las capacidades que permiten aprender, relacionarse, resolver problemas, gestionar emociones o afrontar nuevos retos se entrenan de manera natural a través de la música y el arte.
Quizá por eso resulta necesario detenernos de vez en cuando para hacer visible lo invisible.
De las manualidades y las actuaciones de fin de curso a la expresión artística
En una sociedad que con frecuencia pone el foco en los productos, las áreas artísticas nos recuerdan la importancia del proceso. Cuando una niña experimenta con acuarelas, construye una escultura con materiales diversos o participa en una propuesta de collage, no sólo está desarrollando destrezas plásticas. Del mismo modo, cuando un niño aprende una canción, sigue un ritmo con su cuerpo o participa en un juego musical, no está únicamente adquiriendo conocimientos musicales.
En ambos casos se están poniendo en marcha procesos cognitivos de enorme relevancia para el desarrollo y el aprendizaje.
Las investigaciones sobre desarrollo infantil destacan la importancia de las llamadas funciones ejecutivas: un conjunto de habilidades cognitivas que nos permiten dirigir nuestra conducta, regular nuestras acciones, adaptarnos a situaciones nuevas y alcanzar objetivos. Son capacidades esenciales para aprender a leer, resolver problemas matemáticos, organizar el pensamiento, trabajar con otras personas o afrontar desafíos cada vez más complejos.
Lo interesante es que estas funciones no se desarrollan únicamente mediante actividades académicas tradicionales. La música y el arte constituyen contextos privilegiados para ejercitarlas de forma significativa y motivadora.
Cuando crear también es pensar
Cada vez que un niño decide cómo organizar los elementos de una composición artística, está planificando. Cuando prueba distintas soluciones porque la primera no funciona como esperaba, está desarrollando flexibilidad cognitiva. Cuando necesita esperar para utilizar un material o controlar el impulso de actuar precipitadamente, está ejercitando la inhibición.
Algo similar ocurre durante las experiencias musicales. Seguir una secuencia rítmica, recordar la letra de una canción o coordinar movimientos con el grupo requiere mantener información activa en la memoria de trabajo. Esperar una señal para comenzar un juego musical implica autorregulación. Adaptarse a cambios de ritmo, intensidad o consignas supone entrenar la capacidad de ajustarse a nuevas situaciones.
En muchas ocasiones, estas habilidades se desarrollan sin que los propios niños sean conscientes de ello. Y precisamente ahí reside parte de su valor: aprenden mientras juegan, crean, exploran y disfrutan.

El arte y la música como espacios de desarrollo integral
Hablar de educación artística en Infantil es hablar también de desarrollo emocional, social y corporal.
La música ofrece un lenguaje privilegiado para expresar emociones, reconocer estados de ánimo y compartir experiencias colectivas. Una canción puede ayudar a nombrar sentimientos, una danza puede favorecer la expresión corporal y una audición puede convertirse en una oportunidad para imaginar, evocar o conectar con el mundo interior.
Por su parte, las experiencias plásticas permiten experimentar, tomar decisiones, asumir riesgos creativos y construir una mirada personal sobre la realidad. En un dibujo, una escultura o una composición visual no existe una única respuesta correcta. Esta característica convierte al arte en un espacio especialmente valioso para fomentar la creatividad, la autonomía y la confianza en las propias capacidades.
Tanto la música como el arte contribuyen además al desarrollo de habilidades sociales fundamentales. Escuchar a los demás, respetar turnos, colaborar en proyectos colectivos, compartir materiales o coordinar acciones con el grupo son aprendizajes cotidianos presentes en estas áreas.
Desde esta perspectiva, las experiencias artísticas no son un complemento del currículo ni un espacio de mero entretenimiento. Constituyen una parte esencial de una educación que aspira a formar personas capaces de pensar, sentir, crear y convivir.
No buscamos formar músicos o artistas profesionales. Nuestro objetivo es mucho más amplio: acompañar el desarrollo de personas capaces de expresarse, de comprender el mundo desde múltiples lenguajes y de descubrir el placer de crear.
Hacer visible lo invisible
Al finalizar el curso, muchas familias reciben carpetas repletas de producciones artísticas o escuchan canciones que sus hijos e hijas han aprendido durante el año. Son recuerdos valiosos que permiten asomarse a una parte del trabajo realizado.
Pero quizá el aprendizaje más importante no cabe dentro de una carpeta ni puede grabarse fácilmente en un vídeo.
En Educación Infantil sabemos que el aprendizaje nace de la experiencia. Los niños y niñas aprenden haciendo, explorando, manipulando, moviéndose, observando y relacionándose con los demás.
Ese es el aprendizaje que permanece cuando la canción termina y cuando los trabajos regresan a casa.
Y es precisamente ese aprendizaje, a menudo invisible, el que convierte a la música y al arte en herramientas imprescindibles para la formación integral de la infancia.
Porque cuando un niño canta, baila, pinta, construye, experimenta o crea, no solo está haciendo música o arte. Está aprendiendo a conocerse, a relacionarse con los demás y a comprender el mundo que le rodea.

