Estos días, miles de estudiantes están decidiendo qué hacer tras haber obtenido los resultados de la EBAU, en un momento en el que la convocatoria ordinaria ya está resuelta y en muchos casos a la espera de la convocatoria extraordinaria (en la mayoría de las comunidades autónomas se produce en julio y en algunos casos incluso a inicios de septiembre).
Los estudiantes (y sus padres) saben que están a punto de tomar una decisión importante y quieren minimizar el riesgo. Sin embargo, cada vez parece más claro que el problema no es la respuesta. Es la pregunta. Porque el mundo para el que se diseñó esa pregunta ya no existe. En Estados Unidos, el número de ofertas de empleo que eliminaron el requisito de poseer una titulación universitaria se multiplicó por cinco entre 2014 y 2022. (OCDE 2025)
Durante décadas funcionó una lógica relativamente sencilla: elegir una carrera con buenas perspectivas de empleo aumentaba significativamente las probabilidades de tener una trayectoria profesional estable. Hoy, sin embargo, la velocidad del cambio ha hecho mucho más difícil identificar cuáles serán las profesiones ganadoras dentro de diez o quince años.
Según la OCDE, en 2022 el 37% de las 20 competencias más demandadas para un empleo medio en Estados Unidos habían cambiado respecto a cinco años antes, y una de cada cinco habilidades demandadas era completamente nueva (OCDE 2025). Por ello, el foco no debe de estar en elegir la carrera perfecta sino en desarrollar las capacidades que nos permitan seguir aprendiendo (cada vez más rápido), reinventándonos y aportando valor durante toda nuestra vida profesional.
La carrera segura ya no existe
Esto no significa que todas las carreras sean iguales, ni que la elección carezca de importancia. Significa algo más incómodo: ninguna decisión tomada a los 18 años puede garantizar una vida profesional de 45-50 años.
La propia OCDE muestra cómo la educación superior se ha expandido enormemente durante las últimas décadas. Hoy, alrededor del 40% de los adultos de los países de la OCDE tiene estudios superiores, frente a porcentajes mucho menores hace apenas una generación.
Eso es una magnífica noticia para la sociedad, pero también implica que el título universitario ha dejado de ser un elemento diferencial por sí mismo. Sigue siendo valioso, sigue siendo necesario en muchas profesiones, pero cada vez más, se ha convertido en una commodity.
No es casualidad que la confianza en la educación superior haya sufrido un importante deterioro en países como Estados Unidos. Según Gallup, el porcentaje de ciudadanos que afirmaban tener una alta confianza en la educación superior pasó del 57% en 2015 al 36% en 2024.
Por tanto, la pregunta que se hacen muchos estudiantes ya no es únicamente «¿qué estudiar?», sino también «¿merecerá la pena?».
Skills first
La OCDE define el enfoque Skills First como un modelo que pone el foco en las capacidades de las personas más que en cómo las adquirieron, lo que borra en gran medida las diferencias entre grados universitarios y ciclos de FP.
La propuesta es pasar de preguntarnos «¿qué título me garantiza un empleo?» a «¿qué piezas estoy incorporando a mi arquitectura profesional? Del mismo modo que una construcción sólida necesita buenos cimientos y materiales versátiles, una trayectoria profesional de cincuenta años requiere desarrollar capacidades que sigan siendo valiosas incluso cuando cambien las tecnologías, las herramientas o las ocupaciones.
Al elegir un grado universitario o un ciclo formativo podríamos preguntarnos, por ejemplo:
- ¿Este programa me ayuda a conocer mejor mis fortalezas, intereses y motivaciones?
Paradójicamente, la presión por elegir una carrera puede llevar a muchos estudiantes a mirar hacia fuera cuando la primera tarea debería ser mirar hacia dentro. En un mundo donde las trayectorias profesionales serán cada vez menos lineales y donde muchos jóvenes desempeñarán trabajos que hoy ni siquiera existen, conocer las propias fortalezas, intereses, motivaciones y valores se convierte en una ventaja estratégica.
- ¿Me entrena en la toma de decisiones, en la resolución de problemas complejos y la acción en entornos de incertidumbre?
Es preciso aprender a tomar decisiones rápidas, basadas en datos y alineadas con ese autoconocimiento personal (nadie tendrá ya un plan de carrera para mí). Un futuro profesional tendrá que aprender a tomar decisiones frecuentes en escenarios inciertos, con información incompleta y en entornos que evolucionan constantemente.
- ¿Me enseña a aprender con rapidez y autonomía?
Hay que aprender y aprender más rápido, porque los conocimientos técnicos tendrán una vida útil cada vez más corta y los procesos de adaptación también se acortan. Aprender a aprender (rápido) se convierte así en una de las competencias más valiosas del siglo XXI. Implica curiosidad intelectual, autonomía, pensamiento crítico y la capacidad de moverse entre disciplinas diferentes para integrar conocimientos y encontrar soluciones nuevas. Pero también implica velocidad: la capacidad de identificar qué merece la pena aprender (y que no), acceder a fuentes fiables y transformar la información en acción.
- ¿Favorece la creatividad, la comunicación y el trabajo interdisciplinar?
Implica formular preguntas originales, conectar ideas de ámbitos distintos, imaginar soluciones nuevas y dar sentido a la información. La creatividad deja de ser patrimonio exclusivo de artistas o diseñadores para convertirse en una competencia transversal en un mundo donde imaginar, comunicar y movilizar a otros será cada vez más importante.
- ¿Me permite construir relaciones, comunidades y redes profesionales duraderas?
Es precios aprender a construir redes, vínculos y comunidades que acompañen toda una trayectoria profesional ya que gran parte de las oportunidades surgirán de la capacidad para colaborar, conectar personas, participar en comunidades y construir relaciones de confianza a largo plazo. Ningún profesional, por brillante que sea, desarrollará su carrera en solitario. Los proyectos más innovadores, las oportunidades laborales más interesantes y muchos de los aprendizajes más valiosos nacen de las redes humanas que una persona es capaz de construir y mantener a lo largo de su vida
Estas capacidades son mucho más estables que cualquier tecnología, lenguaje de programación o tendencia empresarial, por ello quizás la pregunta más útil en este momento sea «¿qué lugar me ofrece este tipo de aprendizajes? »
En definitiva, más que comparar únicamente asignaturas, rankings o salidas profesionales, quizá deberíamos analizar qué tipo de building blocks ofrece cada propuesta formativa. Porque algunas experiencias formativas están diseñadas para transmitir conocimientos; otras, además, están pensadas para desarrollar capacidades transferibles que acompañarán a una persona durante toda su vida profesional.
Y probablemente ahí resida una parte importante del valor diferencial de la educación en el siglo XXI: no tanto en proporcionar una respuesta definitiva a la pregunta «¿qué profesión tendré?», sino en ofrecer un conjunto de herramientas que permita responder una y otra vez a una cuestión mucho más relevante: «¿cómo seguir siendo valioso cuando el contexto vuelva a cambiar?».

