Hoy es una mañana cualquiera de verano de 2026. Hemos amanecido con las mismas noticias ecocidas y genocidas que día tras día los noticiarios y las redes sociales nos escupen. Desde hace ya demasiado tiempo, hay una propuesta clara que apuesta por destrozar el planeta y por polarizar los discursos sobre cómo habitarlo. Un tiempo que pesa, que se hace largo, un tiempo que desespera.
La guerra, los incendios, la crisis migratoria y de vivienda, junto con la pérdida de derechos fundamentales, configuran un paisaje desolador. A esto hay que sumarle encuentros cotidianos con familiares y vecinos en los que escuchamos relatos negacionistas en torno a la crisis climática, el sistema patriarcal y colonial: “Antes sí que hacía calor, antes no teníamos aire acondicionado y los hombres trabajaban de sol a sol en el campo, eso sí era calor, lo del cambio climático es una invención, incendios ha habido siempre”. Y sí, incendios ha habido siempre, pero no así.
Llevamos tiempo sintiendo que no hay nada que hacer, que las cosas no cambian y que el futuro será aún peor que el presente. Parece que el “sálvese quien pueda” es el mandato que guía los pensamientos de todos y, por ende, las acciones.
Pero hoy, una mañana cualquiera de verano de 2026, proponemos pensar juntas sobre algunas cosas que ya adelantaba mi compañera Gadea Gutiérrez en el artículo Cambiar un “no” por un “quizás”. Y es que la inercia de la violencia y las propuestas de destrucción de la vida y del planeta no parecen dejar hueco a las cosas bellas y las acciones bonitas.
Pero nosotras sabemos, cómo tú también sabes, que existen, que están y han estado siempre, que hay comunidades que defendemos los territorios y una vida digna de ser vivida. Que solo basta recuperar experiencias y hacer memoria de otros relatos para ofrecer alternativas, porque una de nuestras propuestas pedagógicas es ampliar, dar opciones, pensar de forma crítica, escarbar en las palabras para prevenir el odio.
Este curso, en InteRed teníamos por delante el proyecto “Jóvenes cambiando el relato: por sociedades justas, democráticas, sostenibles y libres de discursos de odio y toda forma de discriminación y violencia”, financiado por el Ayuntamiento de Madrid. La propuesta, mirada de forma incrédula, parecía ser un poco lo mismo de siempre ¿Educación en valores? Ya lo hemos intentado, nos decían en algunos centros, y no funciona. Sin embargo, las lentes por las que invitábamos a mirar eran otras y esto es lo que nos ha llevado a la esperanza del cambio.
Marcos narrativos
La teoría de marcos narrativos ha sido nuestras lentes y nos ha guiado cual brújula pedagógica este curso. Esta brújula está compuesta por cuatro puntos cardinales: la comunidad frente al relato de héroe único; la diversidad, como vector principal; la interdependencia, como sostén de la vida, y la utopía, como lugar posible.
Así hemos ido saliendo de la inercia de la desesperanza para movernos con nuestras lentes de las cosas bellas y justas por Sucre (Bolivia), por Lavapiés, por Carabanchel y Villa de Vallecas, por Tetuán y Chamberí (todos ellos distritos y barrios de Madrid, España). Este año, además, hemos llegado por primera vez al distrito San Blas-Canillejas.
Juntas hemos ido rascando palabras, atravesado las emociones, cuestionado lo evidente, recordando historias, abriendo espacios para pensar y escribir las acciones bonitas que recibimos y también damos. Y todo ello lo hemos pasado por el cuerpo, lo hemos sentido, lo hemos imaginado, hemos hablado de presentes otros para construir futuros justos.
Pero también nos hemos topado con lo incómodo.
Las y los jóvenes nos han confrontado, nos han mirado desde lejos y nos han hecho reflexionar mucho sobre qué responsabilidades tenemos las personas adultas de este mundo que les estamos dejando. Les ha dolido que hablásemos de futuro cuando tienen un presente tan incierto, lo que nos ha hecho ir más despacio y parar para ver qué les pasa.
Pero, ¿cómo es esto de ir más despacio cuando el timbre suena, el tiempo no se para y la burocracia aprieta? Pues replanteando las sesiones, haciendo mucho trabajo en equipo y buscando alternativas y recursos didácticos de otras compañeras que están en lo mismo. No hay fórmulas mágicas, pero sí una comunidad con ganas de ilusionarse y de plantar un nuevo paradigma educativo.
Ponemos un ejemplo. En diciembre, en una sesión con un grupo de 25 chavales, una vez más, cambiamos la propuesta educativa. Inicialmente no entraban a nada, no les interesaba lo que llevábamos, se palpaba el enfado. Se paró la sesión para hacer una asamblea y hablar. No fue fácil, pero escuchamos.
El grupo estaba en medio de un cambio de educadoras y de ciclo en el instituto. Su cotidianidad había cambiado cuando la plaza que utilizaban se ocupó con terrazas, turistas y policías haciendo redadas racistas.
Habíamos abierto la sesión animando a imaginarse el futuro y hubo que bajarse tres pisos volando, porque allí lo que se necesitaba, antes que nada, era seguridad y confianza. Finalmente, este grupo no trabajó sobre un museo elegido por nosotras, hizo su propio museo, y construyó un fanzine colaborativo titulado “Mil fantasías” y, sin querer, elaboraron su propia utopía.
Y es que acompañar mejor en este mundo en llamas solo lo podemos hacer juntas y organizadas. Nosotras, desde InteRed Madrid, hemos apostado por los marcos alternativos y por más equipo. Con compañeras, con comunidades educativa unidas, con ilusión y esperanza, el cambio hacia sociedades justas, democráticas, sostenibles y libres de discursos de odio y toda forma de discriminación y violencia es ya.

