Fue la idea de aplicar el rigor de la investigación científica a la política educativa lo que impulsó a la OCDE a crear PISA a finales de los años noventa. Ahora, cada tres años, cientos de miles de jóvenes de 15 años de más de 90 países se sientan a responder preguntas en la prueba global PISA. No se preparan para ella, ni sus resultados afectan sus calificaciones. Sin embargo, los ministros analizan los resultados con detenimiento, los periódicos los destacan en sus portadas, y los sistemas educativos son elogiados o cuestionados en consecuencia.
Esto se debe a que las medidas de los resultados de aprendizaje de los estudiantes en PISA son el indicador más fiable de la calidad y eficacia de los sistemas escolares, y por tanto uno de los predictores más poderosos del éxito a largo plazo de las economías y las sociedades. Investigadores de la Universidad de Stanford estiman que si todos los estadounidenses de 15 años alcanzaran al menos un nivel básico de desempeño en PISA (nivel de referencia 2), esto podría añadir más de 40 billones de dólares estadounidenses a la economía de EE.UU. a lo largo de su vida laboral.
Les cuesta interpretar datos simples o identificar evidencia en un gráfico
Sin embargo, en promedio en los países de la OCDE, el 20% de los estudiantes de 15 años no alcanza este umbral en ninguna de las materias evaluadas por PISA, un aumento respecto al 16% de 2022. En ciencias, esto significa que les cuesta interpretar datos simples o identificar evidencia en un gráfico. En lectura, les resulta difícil comprender textos sencillos, mientras que en matemáticas podrían tener problemas para descifrar la relación entre unidades y precios, el tipo de tareas presentes en la vida cotidiana, desde hacer la compra hasta leer una factura de servicios. No se trata de cálculo. Se trata de competencia básica. Y no son estudiantes en zonas de guerra ni en países sin infraestructura. Viven en los países de ingresos altos y medios de la OCDE. Han tenido nueve o diez años de educación formal. Según los estándares globales, están entre los afortunados.
Pero PISA nunca tuvo como único propósito señalar lo que está fallando. Su ambición siempre ha sido elevar las expectativas de lo que es posible. La idea era sencilla: evaluar lo que los jóvenes saben y son capaces de hacer, utilizando un criterio acordado internacionalmente; relacionar esos resultados con datos de estudiantes, docentes, escuelas y familias para entender por qué varía el desempeño; y luego convertir la comparación en una fuerza para la mejora.
Cuando un país tiene éxito, se convierte en un punto de referencia para otros. Los responsables de políticas empiezan a preguntarse «¿Qué están haciendo de manera diferente, y qué podemos aprender de ello?». Y cuando los resultados decepcionan, rara vez son solo cifras en un informe. Provocan debates nacionales, cuestionan supuestos arraigados y, en el mejor de los casos, se convierten en catalizadores de reformas serias. En ese sentido, PISA no es una tabla de clasificación, sino una brújula.
PISA también ofrece recordatorios poderosos de que el cambio es posible. Alemania transformó el shock del PISA de 2001 en un programa de reformas de gran alcance. Brasil demostró que una mayor equidad y una mayor calidad pueden avanzar de la mano, ampliando drásticamente las oportunidades educativas mientras mejoraba sus resultados en PISA. Y Turquía demostró la rapidez con la que puede lograrse el progreso, al elevar su desempeño en ciencias casi 70 puntos PISA en una década, el equivalente a más de tres años adicionales de aprendizaje.
PISA nos muestra que el mundo ya no se divide entre países ricos con buenas escuelas y países pobres con escuelas deficientes. Algunos de los avances educativos más notables están ocurriendo hoy en lugares con muchos menos recursos. Camboya, por ejemplo, está comenzando el tipo de transformación educativa que en su momento impulsó a economías como Corea y, más recientemente, China y Vietnam, hacia una senda de crecimiento económico sostenido y prosperidad creciente. Igual de importante, las buenas políticas y las decisiones acertadas de gasto son predictores mucho más fuertes del desempeño en PISA que la simple cantidad que los países invierten por estudiante: con 288.521 dólares por alumno, Luxemburgo es, con diferencia, el país que más invierte en educación, pero obtuvo puntuaciones medias en ciencias inferiores a las de Irlanda, Francia e Italia, países que invirtieron menos de la mitad de esa cantidad por estudiante.
El desempeño en lectura cayó en tres cuartas partes de los sistemas educativos con datos comparables, un descenso de 25 puntos en el promedio de la OCDE
Quizás lo más importante es que PISA ayuda a los países a navegar juntos hacia el futuro. Esta última edición traza el espacio para la acción política en dos frentes: primero, la erosión constante de las competencias lectoras, el cimiento sobre el que se construye casi todo el aprendizaje, y segundo, las extraordinarias oportunidades y riesgos que plantea la inteligencia artificial.
Entre 2018 y 2025, el desempeño en lectura cayó en tres cuartas partes de los sistemas educativos con datos comparables, un descenso de 25 puntos en el promedio de la OCDE, más de un año de aprendizaje. La mayor sorpresa es quién se quedó más rezagado. No fueron los estudiantes más desfavorecidos, sino los de familias adineradas. Este hallazgo apunta a un desafío mucho más amplio que la mera desigualdad.
Lo más preocupante es el declive precisamente en las habilidades que más importan en la era de la IA: evaluar información, establecer conexiones entre múltiples fuentes y pensar críticamente sobre lo que leemos. A su vez, la proporción de «lectores apresurados» —estudiantes que leen los textos con prisa y dan respuestas rápidas pero incorrectas— casi se duplicó entre 2018 y 2025. En un mundo cada vez más inundado de información, nuestros estudiantes son menos capaces de pensar en profundidad y de separar la señal del ruido.
Es fácil recurrir a explicaciones como el impacto de la pandemia, pero el declive en lectura ya era visible antes de que esta llegara. No podemos afirmarlo con certeza, pero la disminución de la lectura por placer y el giro hacia la lectura digital —hojear redes sociales y procesar información rápidamente— podrían estar afectando la capacidad de los estudiantes para involucrarse con textos y datos complejos.
Quizás no sea sorprendente entonces que, si bien un uso limitado o moderado de dispositivos digitales para el aprendizaje en la escuela suele asociarse con mejores resultados, cuando se usan con fines de ocio durante el horario escolar, la relación se invierte drásticamente, con niveles de desempeño estudiantil sustancialmente menores. Esto plantea interrogantes sobre si dispositivos cómo los teléfonos inteligentes —diseñados para maximizar la atención del usuario— son compatibles con la atención académica sostenida.
Los estudiantes que usan chatbots de IA para tareas específicas, como resumir textos, obtienen puntuaciones más bajas
¿Está cambiando la ecuación la llegada de la IA generativa? A primera vista, los datos de PISA no son alentadores: los estudiantes que usan chatbots de IA para tareas específicas, como resumir textos, obtienen puntuaciones más bajas en ciencias, en promedio, que quienes no lo hacen.
Los patrones son complejos y dependen mucho de cómo se use la IA generativa, pero la conclusión es simple: de la misma manera que no nos ponemos en forma viendo deporte sino practicándolo, el aprendizaje no ocurre mediante el consumo de contenido, sino como una lucha cognitiva productiva de la mente con material nuevo. Donde la tecnología habilita o potencia esa lucha cognitiva, los estudiantes avanzarán. Donde la tecnología cortocircuita el esfuerzo productivo del aprendizaje, socavará su desarrollo. Si lo hacemos bien, la IA se convierte en un andamiaje, no en una muleta. Una herramienta para pensar, no un sustituto del pensamiento. Y la educación sigue siendo lo que siempre ha sido en su mejor versión: una empresa humana, sostenida por el juicio, las relaciones y la confianza.
La preparación digital no comienza con los dispositivos, sino con ayudar a los jóvenes a cultivar la capacidad de concentrarse, interpretar, sintetizar y razonar
Para los responsables de políticas que buscan fortalecer la alfabetización digital, la lección es clara: la preparación digital no comienza con los dispositivos, sino con ayudar a los jóvenes a cultivar la capacidad de concentrarse, interpretar, sintetizar y razonar, capacidades profundamente ligadas a los hábitos de la lectura profunda. Esto no es un llamado a retroceder el reloj digital, sino a encontrar un equilibrio. La tecnología puede ser un potente amplificador del aprendizaje, pero solo si los estudiantes cuentan con las herramientas cognitivas y metacognitivas para usarla con sabiduría. Eso implica proteger tiempo para la lectura dentro de la jornada escolar. Implica diseñar plataformas de aprendizaje digital que premien la reflexión, no solo la reacción.
En un mundo de capacidad de atención cada vez más reducida y de sobrecarga de información creciente, los responsables de políticas tienen un papel crucial en dar forma a una cultura educativa que nutra la profundidad de pensamiento necesaria para prosperar. El futuro no pertenece solo a quienes pueden acceder a la información, sino a quienes son capaces de interpretarla, conectarla y darle sentido. Algunos países se están tomando en serio esta idea. En Francia, las reformas al currículo nacional han vuelto a poner énfasis en la literatura y la comprensión lectora como competencias centrales en todas las disciplinas. En Singapur, pese a sus aulas de alta tecnología, los estudiantes siguen dedicando bastante tiempo a los textos impresos, y la lectura sigue siendo un eje central de la educación temprana. Suecia, admirada desde hace tiempo por su sistema educativo, promueve la lectura a través de bibliotecas, campañas nacionales de fomento lector y prácticas pedagógicas que valoran la profundidad por encima de la velocidad.
Los seres humanos somos mucho más que la suma de tareas aisladas y automatizables
Pero quizás el mayor desafío que enfrenta la educación no es cómo utilizar las nuevas tecnologías en el aula. Es decidir qué conocimientos, habilidades y valores necesitarán los estudiantes para prosperar en un mundo con IA. En estos días resulta tentador ver la IA como una fuerza que erosiona progresivamente la agencia humana. Si las máquinas pueden imitar nuestras capacidades y asumir nuestras tareas, ¿qué quedará para nosotros? Pero, en su mejor expresión, los seres humanos somos mucho más que la suma de tareas aisladas y automatizables. Damos sentido al mundo, detectamos conexiones y tomamos decisiones morales.
El auge de la IA no debería reducir ese espacio, sino ampliarlo. Si las máquinas dominan cada vez más lo rutinario, entonces la educación debe apostar con más fuerza por lo irreductiblemente humano. Por nuestra capacidad de pensar sobre nuestro propio pensamiento. De alejarnos y ver el sistema detrás del síntoma. De construir y navegar relaciones sociales complejas. De hacer juicios éticos cuando los datos se agotan. De crear lo que nunca ha existido. Esas no son habilidades blandas; son habilidades de supervivencia en la era digital. Son las que permiten a las sociedades deliberar, a las economías innovar y a las comunidades mantenerse unidas cuando el suelo se mueve bajo sus pies. Si la educación no defiende y cultiva esas capacidades con claridad y valentía, la IA no solo automatizará nuestras tareas, podría erosionar silenciosamente algunos de los cimientos de nuestra vida cívica.
Todo esto nos devuelve a PISA. Si PISA quiere seguir siendo una brújula para el futuro, y no solo un espejo del pasado, debe seguir evolucionando. Debe seguir redefiniendo qué significa florecer, no en el mundo en el que crecimos, sino en el mundo que los jóvenes de hoy heredarán y darán forma.

