Najat Vallaud-Belkacem fue ministra de Educación e Investigación de Francia entre 2014 y 2017, con Manuel Valls y Bernard Cazeneuve como primeros ministros. En 2024, publicó conjuntamente con el sociólogo François Dubet Le ghetto scolaire. Pour en finir avec le séparatisme (Le Seuil), en el que alertan de que la escuela se ha convertido para una parte de la población en «el humillante enterrador de la promesa republicana», con escuelas para hijos de familias ricas y escuelas para hijos de familias pobres, tal como también destacaba recientemente el Tribunal de Cuentas francés. «Educamos por separado, con ambiciones diferentes: altas expectativas para unos, precarización para los otros», sentencian. Y aseveran: «La ausencia de diversidad en la escuela fabrica recelos. La guetización escolar contribuye al sentimiento de abandono de los vecinos de los barrios populares». Este domingo apareció en el 30 Minuts de TV3 Les escoles dels ‘altres’, reflexionando sobre la segregación escolar, en una entrevista anterior a los disturbios de las últimas semanas en Francia.
El debate público sobre la segregación escolar no suele ocupar nunca el centro del debate. A pesar de ello, usted defiende que supone un desafío mayúsculo para la democracia. ¿Por qué existe esta disonancia?
No hay ninguna duda de que la segregación socioeducativa existe. La separación de los alumnos en función de sus orígenes sociales y culturales es un hecho, y eso tiene efectos catastróficos, tanto en el rendimiento académico de los niños más desfavorecidos como en el daño considerable que inflige a la cohesión social. La segregación escolar no es solamente la consecuencia de las desigualdades sociales, territoriales y culturales, sino que ‘produce’ esas mismas desigualdades y las acentúa. Y si no crecemos juntos, sencillamente no sabremos convivir. Por tanto, no hay duda de que es un problema enorme. Dicho esto, ¿por qué no emerge este debate ni durante las elecciones ni durante las campañas electorales? Porque… ¿quién es exactamente quien marca la agenda del debate político y mediático? No son las poblaciones desfavorecidas, no son aquellas que se beneficiarían de una solución seria a este problema; más bien, quienes marcan la agenda son los intereses de mantener el sistema tal como está, porque, en última instancia, beneficia a algunas personas.
¿El sistema educativo actual favorece el statu quo?
Hay una alta burguesía, una élite, a la que le conviene perfectamente un sistema altamente segregado, porque es una manera de proteger a sus propios hijos de una posible movilidad descendente. Este es el verdadero problema. Si hubiera una competencia real, todo el mundo estaría en igualdad de condiciones y, en ese caso, podría hacer que los niños más ricos fueran más vulnerables. Por tanto, es importante entender que, en este asunto, hay personas que tienen un interés personal en mantener el statu quo.
Habla de los intereses de la alta burguesía, pero la segregación escolar es un fenómeno en el que la clase media también desempeña un papel destacado, al decidir matricular a sus hijos en escuelas privadas subvencionadas o públicas favorecidas.
Cierto, sí. Pero todo encaja. En lo más alto de la pirámide está lo que podríamos llamar no necesariamente los ‘ultrarricos’, sino, digamos, la élite —sobre todo en un sistema como el francés, donde tienes la élite de las grandes escuelas, que monopolizan los cargos—. Lo llaman ‘meritocracia’, diciendo que, si son los mejores estudiantes, es normal que acaben en las mejores escuelas y obtengan los mejores empleos. ¡Pero no es meritocracia en absoluto! Yo lo llamo ‘heredocracia’, es decir, se transmite casi por herencia. Porque se trata de un mercado cerrado, son escuelas que están muy reservadas para aquellos que tienen la información, que tienen la red adecuada de contactos. Así pues, en lo más alto de la pirámide hay esta especie de elitismo heredocrático, que contamina todo el sistema. Porque, como resultado de ello, la clase media intenta defenderse con las mismas armas, es decir, con las armas del individualismo, de la competencia feroz. ¿Y qué hace la clase media? Se dice a sí misma: quizá no tengo acceso directo a las escuelas más prestigiosas, pero puedo asegurarme de que mis hijos, como mínimo, vayan a una escuela privada, para que no estén con las masas. Y así es como empieza la cascada.
Hay un discurso que no cree en la democratización de la educación.
Un efecto dominó.
En última instancia, todos aquellos que tienen los medios se convencen de que destacar entre la multitud es lo mejor para sus hijos. En otras palabras, el verdadero problema es que desde arriba se ha difundido la narrativa de que el éxito académico solo puede reservarse para una pequeña minoría, que no puede ser un fenómeno de masas. Hay un discurso que no cree en la democratización de la educación. ¡Y eso lo vi directamente como ministra! Es sorprendente. Hoy en día, en Francia, hay gente que dice: ‘Oh, cometimos un error al crear lo que aquí llamamos collège unique en los años 70’. Aquel modelo de escuela estaba pensado para acabar con un sistema en el que no todos los niños y niñas iban al instituto. Los niños de la élite iban al instituto, mientras que los niños de la clase trabajadora se iban a trabajar. Así, lo que llamábamos la reforma de la escuela completa era una reforma que decía: todos los estudiantes tienen el potencial de llegar tan lejos como sea posible. Y eso está en cuestión actualmente.
¿Hay quien piensa que no todo el mundo merece estudiar?
Hay una narrativa elitista que se pregunta: ‘¿No estamos dando el bachillerato a demasiada gente?’. En los años ochenta nos propusimos el objetivo de que el 80 % de la población escolar obtuviera el bachillerato. Estas ambiciones, implementadas gradualmente por algunos políticos bienintencionados, ahora se ven cuestionadas por cierta narrativa que dice que hay niños que no son aptos para continuar sus estudios después de la Secundaria y que, por tanto, deben ir directamente a trabajar. Hay quien, con este discurso, trata de preservar su estatus privilegiado. Y la idea de que el éxito académico solo debería ser para unos pocos elegidos tiene un efecto cascada en toda la sociedad. Y hoy nos encontramos —incluso entre la clase trabajadora— con que, tan pronto como pueden permitírselo, envían a sus hijos a una escuela privada, haciendo todo tipo de sacrificios económicos. Y así es como podemos ver claramente que el sistema está roto. Por tanto, debemos adoptar una narrativa más justa, más virtuosa, más ambiciosa, reconociendo una verdad simple: todos los niños son educables. Todos los niños son educables, aunque algunas personas no lo crean. Esta fue mi mayor sorpresa como ministra.
Obtener el bachillerato supone tener acceso a la universidad…
¡Es que a nuestro país le interesa que la gran mayoría, si no toda la población, tenga una educación superior! Hay otros países que lo han entendido muy bien, por ejemplo, en Asia, donde fijan tasas mucho más altas de acceso a la educación superior que nosotros. Evidentemente, nos interesa este objetivo. El mundo que nos espera, sea cual sea la profesión que elijamos —porque no se trata de decir que algunas profesiones son menos valiosas que otras—, nos necesitará preparados.
Los alumnos y las familias se dan cuenta de que se encuentran en una escuela que no cumple ningún propósito real.
Al final de toda la ‘cascada’ educativa que describe hay alumnos que aseguran que se encuentran en ‘clases basura’. ¿Qué retos supone para la sociedad tener este sistema educativo tan desigual?
Los niños son perfectamente conscientes de la situación. Ven que se encuentran en una institución escolar que no cumple su propósito real, y son conscientes de las desigualdades. Especialmente ahora con las redes sociales, porque ven cómo es la escolarización en alguna escuela del centro de París y después se dan cuenta de que su techo tiene goteras, de que su profesor de matemáticas lleva dos años ausente sin ser sustituido… Una vez que los estudiantes se encuentran en esta situación, tal como explicamos en el libro, surge entonces el fenómeno de la ‘contracultura escolar’. Es una especie de orgullo, que viene a decir: ‘Como el sistema no nos quiere, nosotros tampoco queremos al sistema’. Los alumnos y sus familias se dan cuenta de que se encuentran en una escuela que no cumple ningún propósito real, y son conscientes de estas desigualdades. Y eso es terrible para la democracia.
¿En estas escuelas e institutos, el fracaso escolar es la expectativa más generalizada?
Son centros educativos donde ser un buen estudiante incluso está mal visto por parte de los demás estudiantes. Y eso es un desperdicio considerable de energía, de juventud y de potencial. Eso me enfurece cada vez que pienso en ello.
¿Y la Administración no pone remedio?
No se puede decir que las autoridades no sean conscientes de ello. Lo ven, sí. Ya sea el propio ministro, el ministerio o las autoridades locales, cuando visitan las escuelas ven inmediatamente que hay un problema con la concentración de cierto tipo de población estudiantil, de dificultades sociales, etc. Cuando era ministra trabajé mucho en este tema, y pensé: es increíble, porque cuando eres ministra tienes la oportunidad de visitar escuelas de toda Francia y, por tanto, ver la realidad de lo que estoy explicando sobre estas desigualdades flagrantes. ¡Y piensas: deberías estar completamente centrada en poner remedio a este asunto! Deberías estar obsesionada con ello, ¡porque el problema es evidente! Pero, tanto si hablo de mis predecesores como de mis sucesores, no he visto a mucha gente muy preocupada por este tema. Por tanto, aquí tenemos un problema, sí.
¿Por qué?
Los ministros anteriores y posteriores a mí han hecho las mismas visitas a las escuelas que yo. Si no se centran en ello, debe de ser porque, o bien forman parte de esta élite que ya considera normal esta situación y creen que no todos los niños son realmente educables, o bien piensan que es una situación inevitable, que no se puede hacer nada al respecto. Pero, francamente, ¡estoy harta de esta sensación de inevitabilidad! La política está hecha para resolver problemas difíciles, complejos; de lo contrario, no sirve de nada. Si solo se trata de gestionar un presupuesto… ¡que nombren a un director administrativo!
Hay una tensión entre la idea de que todo el mundo es educable y la idea de quienes piensan que siempre necesitaremos repartidores de Just Eat o personal de limpieza. ¿Es este el verdadero debate?
Al querer preservar las desigualdades actuales, nos impedimos pensar en cómo debería ser el futuro. Y el mundo de mañana será aquel en el que vivirán nuestros hijos. Así pues, incluso los niños que tuvieron la suerte de tener padres que utilizaron todas estas desigualdades de manera positiva también vivirán en un mundo en el que la inteligencia artificial realizará el 80 % de las tareas que hacemos hoy. Un mundo en el que el cambio climático habrá hecho que el medio ambiente sea inhabitable, en el que surgirán muchas, muchas preguntas sobre nuestra humanidad… Por tanto, sobre los trabajos que comenta, como llevar comida o lavar y cuidar a la gente en los hospitales… ¿Hasta cuándo seguiremos considerando que estos trabajos son menos importantes? ¿Alguna vez dejaremos esta tontería y entenderemos que, de hecho, estos son precisamente los trabajos que la inteligencia artificial no podrá hacer por nosotros? Hay tareas que son profundamente humanas. ¿Por qué no podemos pensar que el repartidor de comida, cuando vaya a las casas de personas mayores que están solas, dedique un tiempo a hacerles compañía, a hablar con ellas un rato y así romper su sensación de aislamiento? Debemos evolucionar hacia una sociedad ‘de los cuidados’.
Del mismo modo que hoy estamos construyendo muros en las fronteras de Europa para evitar que los migrantes crucen, quienes tienen más recursos querrán construir muros dentro de las ciudades para separarse de los demás.
Comenta que no podremos vivir juntos si no nos conocemos. Al mismo tiempo, dice que la separación social se va acentuando a medida que pasan los años. Si continuamos así, ¿el mundo de mañana será mucho más desigual y habrá mucho más miedo entre las personas, aunque vivan en las mismas zonas?
Sí, me temo que sí. Me temo que es lo que nos espera. Muchos aspectos del mundo de mañana ya están fermentando. Cuando observas la ultrapolarización que se extiende ahora por nuestras sociedades, es increíble. Ya no sabemos cómo estar en desacuerdo unos con otros. En cuanto estamos en desacuerdo, nos odiamos. Lo ves en el debate público, que se ha vuelto extraordinariamente brutal. Son fenómenos que evidentemente están muy extendidos en las redes, pero que también se trasladan a la vida real. El odio, la recompensa por el odio, por los enfrentamientos, por crear alboroto, por el extremismo, por la desinformación, las noticias falsas… Y estamos viviendo en este mundo. ¿Y qué saldrá de aquí mañana, cuando nuestros hijos sean adultos? La brutalidad se convertirá en un deseo directo de separarnos de quienes son diferentes de nosotros, porque ya no podremos tolerarlos. No es solo que ya no podamos tolerar sus teorías, sus posturas, sus opiniones; es que ya ni siquiera podemos soportar verlos. Y así, del mismo modo que la gente vive en burbujas digitales, mañana la gente querrá vivir en sus burbujas físicas. Del mismo modo que hoy estamos construyendo muros en las fronteras de Europa para evitar que los migrantes crucen, quienes tienen más recursos querrán construir muros dentro de las ciudades para separarse de los demás. Ya no querrán pagar impuestos comunes que contribuyan a la solidaridad nacional. Se dirán a sí mismos: ‘Me lo merezco, merezco tener la vida que tengo, la riqueza, estar sano, etc. ¿Por qué debería pagar por gente que no está sana y que no ha hecho ningún esfuerzo?’. Así pues, de hecho, estamos preparando un mundo que será más desigual, más brutal, pero sobre todo, una vez más, incapaz de convivir.
¿Cómo reaccionarán los perdedores de este sistema?
¿Realmente podemos dudarlo? Podemos esperar violencia, enfrentamientos cada vez más duros.
Este escenario puede ser ideal para los partidos xenófobos. ¿Qué receta deberían adoptar los partidos progresistas?
Es interesante el contraste entre las políticas xenófobas y las progresistas. La política xenófoba esencialmente dice: ‘Nosotros y ellos’. ‘Ellos’, los extranjeros, se entiende. Pero también dice: ‘Ellos, los beneficiarios de la asistencia social’. Siempre es esta dicotomía. La política progresista dice: ‘No hay un ‘nosotros’ y un ‘ellos’. Todos somos ‘nosotros’, todos formamos parte del mismo grupo’. En un país como Francia, por ejemplo, si miras el número de matrimonios mixtos, todos formamos parte del mismo grupo. ¡Hay muchos niños y nietos de parejas mixtas! Por tanto, creo que la respuesta correcta que la política progresista debe dar a todos estos temas tensos es obligarnos a mirar la realidad de nuestra interconexión: todos formamos parte del mismo grupo.
Pero ya hemos dicho que no todo el mundo quiere ir junto a la escuela.
A esa familia que quiere sacar a su hijo de la escuela pública y llevarlo a una escuela privada, la política progresista debería decirle: ‘Mañana, tu hijo convivirá con los niños que dejaste en la otra escuela y de los que querías separarte’. Y unos y otros habrán salido perdiendo. En el ministerio ensayamos varios proyectos de mezcla escolar, reuniendo a estudiantes de escuelas extremadamente diferentes. Y nos dimos cuenta de que era bueno tanto para los estudiantes que iban más rezagados como para los estudiantes más avanzados.
Mezclarse con alumnos con niveles de habilidades diversos aumenta la autoestima; hay que explicárselo a las familias a la hora de implementar una política progresista de diversidad socioeducativa.
¿Funcionan las clases heterogéneas?
En primer lugar, encontrarse con el otro forma parte de las habilidades psicosociales que adquirimos en la escuela. Entendemos el mundo mucho mejor cuando vemos a personas diferentes de nosotros. No lo entendemos si solo vemos personas homogéneas, que se parecen todas. Estar en entornos donde hay personas diferentes, con distintas trayectorias vitales —algunas más ricas, otras más pobres—, desarrolla las capacidades de solidaridad y empatía. Y estas son características humanas que necesitaremos en el futuro. Mañana, uno de los temas principales será cómo nos diferenciamos de la inteligencia artificial. Y la empatía, la capacidad de solidaridad, la capacidad de escuchar, de sentir, de comprender, de juzgar… Todas estas son habilidades psicosociales que no se adquieren si se está en instituciones donde solo estás dentro de tu propia burbuja, donde todo el mundo es igual. Las adquieres mucho mejor si estás acompañado de amigos muy diferentes. Además, también vimos que la heterogeneidad en el aula mejora la autoestima, porque siempre habrá alguien que será mejor en esto o en aquello, y tú serás mejor en otra cosa… Mezclarse con alumnos con niveles de habilidades diversos aumenta la autoestima. Creo que lo que hay que explicar a las familias a la hora de implementar una política progresista de diversidad socioeducativa es que no solo deben participar por el bien de la sociedad; también es por el bien de sus propios hijos. Por tanto, deben visualizar cómo será el mundo de sus hijos. Creo que así es como intentamos proceder durante los años en que implementamos estos programas, y las familias los aceptaron. Pero hace falta voluntad política para seguir incidiendo en ello.

