Los mecanismos se entienden cuando se mueven. Una biela-manivela dibujada en el libro es un círculo unido a un rectángulo por una barra; en movimiento, es el corazón de un motor. Busqué simuladores para enseñarlos en clase y no encontré los que quería: muchos eran de la época de Flash y ya no funcionaban, otros estaban en inglés o no seguían nuestro currículo, y casi ninguno dejaba cambiar los datos y ver el resultado con números.
Así que decidí hacerlos yo, con la inteligencia artificial como ayudante de programación. Hoy son 18, de mecanismos, electricidad, neumática, motores y dibujo técnico, y los publico en abierto y sin registro. Cada semana llegan más de mil visitas desde los buscadores, y también desde las aulas virtuales de varias comunidades autónomas y de universidades de México y Ecuador. Pero no quiero hablar de los simuladores, sino de lo que he aprendido haciéndolos.
La IA acorta el camino entre la idea y el resultado
Cada simulador empieza lejos del ordenador: decido qué quiero que entienda el alumnado, qué tiene que poder cambiar y qué números tiene que ver. El planteamiento didáctico, los contenidos y la revisión de cada simulador son míos; la IA me ayuda muchísimo a programar y me permite llegar a cosas que antes no podría hacer solo. Uno sencillo me lleva unas pocas horas; uno complejo, semanas. Por eso creo que es una herramienta muy potente: acorta el camino del desarrollo técnico entre una idea y el producto final, y eso hace más valiosa la idea en sí misma.
Pero acortar el camino no significa que la IA lo recorra sola. Escribe el código, pero no sabe si lo que dibuja se comporta como en la realidad. Lo comprobé pronto: un compañero, autor de una de las webs de Tecnología más veteranas, me avisó de que en mi simulador de palancas la barra se inclinaba más o menos según la fuerza, como si llevara un muelle, y de que en el de engranajes las ruedas se salían de su soporte. Tenía razón en las dos cosas. La física la tiene que poner el profesor.
Desde entonces, cada fórmula se comprueba con los problemas de mis apuntes, y cada simulador lleva pruebas automáticas que avisan si un cambio rompe la física: solo los de mecanismos suman más de setenta. La IA propone, pero decidir qué es correcto sigue siendo cosa del profesor. Y eso, curiosamente, me ha obligado a entender mejor lo que explico.

Tocar en vez de mirar
Lo que más cambia en clase es el papel del alumnado. Ante un dibujo, mira; ante un simulador, prueba. Cambia los dientes de una rueda, alarga una palanca o sube la tensión de una pila, y comprueba si se cumple lo que había calculado. Los datos de la web lo confirman a su manera: casi todas las visitas a un simulador interactúan con él, mientras que en los artículos de texto lo hace menos de la mitad.
«Anclar lo nuevo a lo que ya han vivido es lo que les permite entender conceptos más complicados»
Lo veo cada curso en 1.º de ESO con la ley de la palanca. El momento de una fuerza es un concepto difícil, pero todos mis alumnos se han subido alguna vez a un balancín, aunque por desgracia cada vez menos, y saben que para equilibrarlo no basta con pesar lo mismo: importa dónde se sienta cada uno. En el simulador parten de ese recuerdo, cambian las fuerzas y las distancias y ven cuándo se equilibra la palanca. Anclar lo nuevo a lo que ya han vivido es lo que les permite entender conceptos más complicados. Con la neumática o la electricidad, todavía más abstractas, verlas representadas y en funcionamiento, aunque sea en una simulación, hace que asimilen el contenido mucho más rápido. Es como darle vida a la pizarra.
El simulador no sustituye al taller ni a la explicación. Pero da algo que la explicación sola no da: la posibilidad de equivocarse sin consecuencias y de ver al momento por qué.

El profesor, autor de sus recursos
Hay otra lección que me parece más importante. El profesorado ha sido, sobre todo, usuario de recursos ajenos: plataformas, libros digitales, aplicaciones que se pueden usar pero no cambiar. La inteligencia artificial abre otra posibilidad: que el profesor sea autor de sus recursos y los haga a la medida de su alumnado y de su currículo. No sustituye al conocimiento de la materia ni al de cómo se aprende; sin ellos, no sirve de nada. Lo que hace es quitar la barrera técnica que separaba una buena idea didáctica de una herramienta que funciona.
Y llega en buen momento. Hoy un buscador con IA responde en un segundo qué es la ley de Ohm o qué es una biela. Lo que no puede hacer es que un alumno mueva la manivela y vea subir el pistón. Si las respuestas ya están en cualquier pantalla, el valor del aula se desplaza hacia las experiencias: probar, equivocarse, comprobar. Diseñar esas experiencias es nuestro trabajo, y ahora tenemos una herramienta más para hacerlo.
No hace falta que todo el profesorado programe. Pero creo que merece la pena intentarlo cuando uno tiene una idea que no encuentra hecha. En mi caso, todo empezó por unos engranajes que quería ver girar.
Puedes consultar todos los simuladores aquí: https://soytecnoteacher.com/simuladores/

