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Dijo Severo Ochoa: “Desengáñate, somos física y química”. El biólogo molecular del Centre for Genomic Regulation (CRG), Juan Valcárcel, premio Carmen y Severo Ochoa de Investigación, añade, “sí, pero una química muy sofisticada”. Esta es la que nos hace únicos. Afirma el biólogo que somos únicos y que, al serlo, disponemos de un gran valor. También que cuanto mayor es la diversidad, mayor garantía de que a esa sociedad le vaya mejor, y sentencia: “¿Qué sentido tienen hacer clones?”.
Qué hace la escuela
Recuerdo que a principios de los 70, en las escuelas unitarias, obsérvese el término, había niños o niñas de distintas edades y se les vendió a los maestros que en la escuela graduada, revísese el término, los alumnos de la misma edad estarían juntos, que aprenderían más y que los maestros trabajarían mejor; el aula huevera. ¡Mentira, una moto sin faro ni frenos! En lo único que son iguales es en ser niños o niñas; en todo lo demás son diferentes.
Unos nacen en enero y otros en diciembre y los que hay entre ambos, unos tienen más hermanos y otros no, cada uno tiene su huella dactilar, entre 10 y 20 cm con sus crestas capilares, bucle, espirales y surco. Cada uno trae en su mochila lo que vive en su casa y familia; pero debajo de cada piel están los sentimientos, que tienen vida propia y desencadenan las emociones, el interés, la creatividad. ¡Podemos crear lo que queramos! Cuenta un director de cine, que se acercó a un niño de cinco años: “¿Qué estás dibujando?- A Dios- ¿Pero cómo lo dibujas si no lo has visto?- Es que todavía no he terminado”.
¿Por qué la escuela quiere hacer clones, que todos sean iguales? El mismo aula, los mismos tiempos, los mismos materiales, el mismo agrupamiento, la misma exposición, la misma evaluación.
En la escuela se vive, se crea, y se aprende. Estas tres misiones son para los alumnos y para los profesores; las tres son igual de importantes, y necesarias, tanto que si obviamos alguna de las tres, se pierden las otras dos, se cae la banqueta. Decía un pedagogo de la época victoriana: “Si quieres enseñar latín a Juan, primero conoce a Juan”. Esto es evidente, pero las cosas están cambiando.
Hoy no se trata de que los profesores enseñen sino de que los alumnos aprendan. Lo cual exige un mayor conocimiento del alumno; cada uno viene con su mochila cargada de su vida cotidiana en la familia y en su ámbito de relación; tiene sus capacidades y también sus discapacidades; vive sus sentimientos, su capacidad de crear, sus intereses y motivaciones, su ritmo de aprendizaje, su etilo propio de aprendizaje. ¿Cómo se va a conseguir estando todos juntos y en el mismo tiempo? No es imposible.
El aprendizaje cooperativo y la gestión del grupo en el aula
Lo primero es gestionar el grupo que conforma el aula. Hubo un tiempo en que los pedagogos y los docentes ignoraban e, incluso, despreciaban los planteamientos de la Sociología. Gestionar un grupo tan heterogéneo es la premisa para la vida del grupo, tanto para los alumnos como para el profesor. No se trata de dar clase, sino de gestionar el grupo: primero conocerlo; después proponer para despertar el interés; en tercer, lugar mover sus voluntades. Pero lo esencial es que aprendan todos, que nadie se quede atrás. Que nadie esté solamente calentando el asiento, como decía Esperanza Aguirre, ministra de Educación, y que impedía o dificultaba el progreso de los demás.
Y el grupo es la suma de todas las diferencias de los alumnos y el papel del profesor. Si este entra en el aula y no se preocupa e interesa por el día de aquellos sino que se dedica a explicar, los otros escuchan desde sus pupitres en filas y columnas, apenas interrumpen -o porque no hay tiempo o porque hay miedo a preguntar-, y, si después, no hay tiempo para ejecutar, no simplemente reproducir, el resultado del trabajo del profesor y del alumno no puede ser positivo.
Y todos los alumnos, al menos en la enseñanza obligatoria tienen que aprender y juntos, ninguno se puede quedar atrás o salir del aula para que le atienda otro docente. En todo caso que ese profesor entre en el aula. No vale aquel refugio-excusa, “siempre lo mismo, un diez por ciento no necesitan ayuda, aprenden solos; un sesenta por ciento son los que aprenden con poca ayuda, un veinte por ciento necesitan de mucha ayuda y otro diez por ciento ni con ayuda”.
La organización del grupo en el aula ha de responder a las necesidades de cada alumno. Las mesas y las sillas individuales en filas y columnas no son lo más adecuado para el aprendizaje y el trabajo; los alumnos aprenden los unos de los otros. Decía Groucho Marx: “Esto lo entendería un niño de cinco años, tráedme un niño de cinco años”. Lo que aprende uno de los otros es tanto más de lo que le propone el profesor, la teoría del andamiaje del aprendizaje de Bruner, (1915-2016) y la participación activa en el proceso de aprendizaje. Aprendemos haciendo, tocando, manipulando.
Decía Gordon Allport, (1897-1967) que la personalidad es lo más único de alguien y que se construye con un sistema de andamios, que prestan el profesor y los compañeros, que al igual que los de las obras, se van retirando cuando esta avanza y no son necesarios.
Para crecer en ese sistema de andamios, son necesarios distintos agrupamientos en el aula, para que todos se beneficien de todos los andamios del grupo. En el trabajo en grupo se autorregulan las relaciones, la participación y los roles de cada uno; se facilita la observación, la mediación y la evaluación por parte del profesor.
En agrupamientos de trabajo cooperativo, se evalúa al grupo por lo que es necesaria la participación de cada persona; si alguien se queda atrás, el grupo no avanza, no obtiene resultado positivo.
Para el establecimiento de un agrupamiento, hay que definir el criterio por el que se realiza, el objetivo que se persigue y las secuencias temporales y de logro. El trabajo por proyectos que se propone hoy como innovación tiene más de 100 años, aunque se puede perfeccionar con todos los recursos existentes, la inteligencia artificial y nuevas estrategias de comunicación.
Educación para todos
Desde la Conferencia Mundial de Jomtien en 1990, se estableció la Educación para todos. Esta se desarrolló con leyes europeas y con la vigente Lomloe, que determina que las personas con discapacidad se incorporan con la inclusión educativa a los derechos humanos, después de 72 años.
La escuela homogeneizadora no sirve para la educación para todos, no sirve para una sociedad plural, multicultural, compleja, heterogénea y, a veces, plurilinguista. No sirve porque excluye al diferente, ignora que los alumnos tienen diferentes necesidades y expectativas, mochilas que traen de su casa, estilos y ritmos de aprendizaje, formas de progreso, motivaciones y capacidades y discapacidades. No sirve porque el alumno no es el centro ni pilar del sistema educativo, sino que los programas, a veces, alejados de su realidad. Tampoco sirve por la permanencia de evaluaciones selectivas y segregadoras.
La escuela inclusiva como garantía de la educación para todos supone la adopción de principios y prácticas que conforman una visión de nuevas políticas basadas en medidas de atención a la diversidad, para que las diferencias no se conviertan en desigualdades, sino en oportunidades para que sea atendido y participe todo el alumnado. Políticas que exijan currículos flexibles y organizaciones escolares basadas en soluciones distintas para situaciones diversas. Políticas contrarias a los mecanismos de evaluación sancionadores y selectivos que son, de hecho, mecanismos de exclusión.
Políticas alejadas de la uniformidad de las metodologías, de los materiales pedagógicos, de los agrupamientos de los alumnos, de la organización del aula en filas y columnas.
Estas líneas políticas de inclusión han de convertirse en las líneas políticas de los centros educativos. La inclusión educativa ha de definirse en el Proyecto Educativo de todos los centros de educación y su concreción en organización escolar, en metodologías flexibles y abiertas, en evaluaciones positivas y de progreso, en un sistema de ayudas y andamios de aprendizaje; sin inclusión educativa no hay educación. La inclusión se estructura por un sistema de valores compartidos, por las actitudes, valores profesionales y creencias que sustentan el enfoque inclusivo y determinan la cultura educativa del centro.
El motor de un sistema de valores de la inclusión supone que la diversidad es beneficiosa para todos y todos deben de conocerla y promoverla. El punto de vista positivo de las necesidades educativas que todos los alumnos pueden precisar en algún momento será fundamental en la cultura y enfoques educativos de un centro escolar promotor y actor de la inclusión educativa. Ello determina, que deben de eliminarse las barreras que se mantienen, o se generan, de formas de segregación ante los aprendizajes y el desarrollo personal de cualquier alumno o grupo de alumnos.
Enfoques desenfocados
La educación inclusiva lo es para todos los alumnos y no para grupos específicos.
Algunas administraciones educativas, la Comunidad de Madrid, por ejemplo, establecen grupos de alumnos en una misma aula: alumnos con necesidades educativas especiales, con adaptaciones curriculares significativas y no significativas, con apoyo específico, con altas capacidades, con integración tardía en el sistema educativo, con problemas en el desarrollo de lenguaje y comunicación, con trastornos de aprendizaje.
Ello determina que se han tenido que movilizar recursos para establecer estas calificaciones de los grupos; con demasiada frecuencia, se gasta más tiempo y recursos en determinar esas carencias que en las soluciones. El que se apliquen metodologías específicas fuera del aula no es inclusión, es segregación.
En el aula están todos, todos tienen sus capacidades, algunas discapacidades, sus intereses y expectativas; todos son distintos ante el aprendizaje, pero este es un proceso en sí mismo y no un contenido o una materia.
Por lo tanto, su presencia es determinante en el aula y ninguno pude ser ocultado, ignorado o atendido fuera del aula. Si se necesitan apoyos han de proporcionarse en el aula y los profesores de apoyo lo son para el proceso de inclusión que afecta a todos los alumnos del aula y han de beneficiar a todos.
La participación de todo el mundo es la segunda exigencia de la inclusión. Nadie puede ser excluido de ninguna actividad. Todas y todos deben tener cabida en cada propuesta de aprendizaje, sujetos para cualquier metodología, en sus distintos roles en los diversos agrupamientos. En los procesos de evaluación nadie puede considerarse al margen, tanto en su evaluación personal como de integrante en los trabajos colaborativos y cooperativos.
Para todo ello es preciso revalorizar el papel de los centros educativos. Primero, para las administraciones educativas, ya que son más importantes que el consejero o sus normas. En segundo lugar, la importante consideración por parte de los políticos, ya que la educación es una prioridad social, no solo de las autoridades educativas. En tercer lugar, el apoyo y reconocimiento a los profesores en la vida del centro. En cuarto lugar, que las familias consideren que el centro educativo es el mejor para sus hijos, y en quinto, que no es malo, que los centros tengan la autonomía necesaria y responsable, porque cada uno conoce sus necesidades y sus expectativas y como mejor gestionarlas. Cada centro educativo es único, tiene vida propia. Tampoco hay clones en los centros educativos.

