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Francesca Albanese trajo el efecto estadio a las puertas del MACBA: horas de cola y más gente quedándose fuera que dentro. ¿Cómo puede ser que una relatora especial de la ONU despierte tal fervor? Ante la noticia de toda aquella gente que había venido a verla y se había quedado sin entrar después de llenarse el aforo en tiempo récord, Albanese salió a saludar y dar las gracias entre aplausos y vítores de quienes la esperaban.
Lo primero que hace Albanese al iniciar el conversatorio es rechazar cualquier intento de darle épica a su figura. “No soy una heroína. Soy una persona humana que hace lo que todo el mundo debería hacer”. Mientras parte del público la recibe casi como una celebridad política, ella insiste en desplazar el foco hacia aquello que considera verdaderamente excepcional: el hecho de que decir ciertas cosas, casi apelando al sentido común, siga percibiéndose como un acto extraordinario.
Precisamente ahí reside el triunfo de Francesca Albanese: haber conseguido perfilarse como una especie de pop star de la diplomacia. Con un discurso claro y conciso, es capaz de huir de eufemismos y barroquismos retóricos para democratizar el conocimiento sobre la situación palestina. Llega a las personas más formadas en la causa, pero el giro clave de su figura es la capacidad de interpelar también a población menos politizada.
Nombrar el genocidio
En un contexto de sobreproducción informativa y de un lenguaje burócrata que permite hacer equilibrios dentro de la ambigüedad, la accesibilidad narrativa se convierte en una cuestión central. Albanese se ha erigido como una autoridad no palestina con potestad para hablar de Palestina. Ese lugar se lo ha construido a base de respeto: habla de geopolítica y derecho internacional manteniendo intactas las capas de complejidad del conflicto, pero también habla de las personas, desde la dimensión humana de un pueblo sometido a décadas de ocupación, desplazamiento y deshumanización.
Sobre esa idea se articula Cuando el mundo duerme (Galaxia Gutenberg), el libro que presentó en Barcelona: diez historias personales que ayudan a tejer un relato sobre el pasado, el presente y los posibles futuros del pueblo palestino.
Durante la conversación, acompañada por el periodista Joan Roura y la periodista e investigadora palestina Mariam Barghouti, emerge una idea central: la batalla por el lenguaje y la capacidad de nombrar Palestina. Roura recordó el impacto que tuvo para muchas redacciones la publicación del informe Anatomía de un genocidio, elaborado por Albanese en 2024. Más allá del debate jurídico, aquel documento permitió a numerosos periodistas encontrar un marco desde el que empezar a utilizar una palabra que hasta entonces muchos medios evitaban: genocidio.
“Los derechos humanos son para las personas”
“Las palabras, a veces, matan más que la munición”, apuntó Roura al hablar de las guerras narrativas que atraviesan Palestina desde hace más de un siglo. La discusión apunta hasta qué punto el conflicto también se disputa en el terreno semántico: qué términos se aceptan, cuáles se consideran excesivos y quién tiene legitimidad para pronunciarlos.
Barghouti aterrizó esa reflexión desde la experiencia cotidiana de los periodistas palestinos que trabajan para medios internacionales. Explica cómo durante años muchos corresponsales tuvieron prohibido utilizar términos como “ocupación” o “asentamientos ilegales”, y cómo la violencia israelí quedaba frecuentemente diluida a través de construcciones impersonales. “Los palestinos morían, pero nunca aparecía quién los mataba”, resume. Esta estrategia es otra arista del control sobre el territorio: si invisibilizas quién ha perpetrado el crimen, no hay responsabilidad política.
“Los derechos humanos son para las personas, no para que los académicos escriban libros”
Albanese recoge esta reflexión para defender la voluntad divulgativa de Cuando el mundo duerme. “Los derechos humanos son para las personas, no para que los académicos escriban libros”. La frase resume bastante bien una de las claves de su fenómeno político: que el lenguaje jurídico internacional hable de humanidad.
Para Albanese, escribir el libro era una manera de no contribuir a la deshumanización de Palestina. Según explicó, sus informes institucionales le permitían documentar ocupación, apartheid y genocidio, pero dejaban fuera aspectos fundamentales de la experiencia palestina como “la vida, la cultura, la identidad y la belleza”.
La banalidad de la ocupación
Más allá de la narrativa audiovisual que atraviesa la guerra —imágenes de bombardeos, cuerpos agredidos, casas destruidas—, el conversatorio pone sobre la mesa un tema fuera de este imaginario violento prefabricado: la banalidad de la ocupación. Fuera de la espectacularización de la destrucción de Gaza, las ponentes apuntan hacia la violencia lenta y cotidiana que atraviesa todos los aspectos de la vida palestina. Checkpoints, separación territorial, imposibilidad de movimiento, detenciones arbitrarias o precarización permanente forman parte de una arquitectura de control que raramente ocupa titulares internacionales.
Esta dimensión conecta con la figura de Abu Hassan, uno de los protagonistas del libro y una de las personas que más han inspirado a Albanese en Palestina. Es un guía poco habitual, tal y como ella misma dice, porque es “un guía de la ocupación”: “Te lleva a ver las cicatrices”. La autora recuerda cómo aquel encuentro alteró profundamente su mirada sobre Naciones Unidas y sobre los límites del aparato internacional humanitario. “Si no eres parte de la solución después de setenta años, hay posibilidades de que seas parte del problema”, explicó que Abu Hassan le había dicho sobre la ONU.
El espejo incómodo
El diagnóstico de Albanese es estructural y amplio: “el colonialismo de asentamientos es la forma más institucionalizada de patriarcado ”, afirmó, conectando Palestina con dinámicas globales de colonialismo, autoritarismo y auge de las extremas derechas.
Para la jurista italiana, la hostilidad en Gaza y Cisjordania es la expresión extrema de un sistema político internacional atravesado por jerarquías raciales, violencia estatal y lógicas de dominación profundamente arraigadas en la historia occidental. En ese sentido, Albanese plantea Palestina también como un espejo incómodo para occidente, cuestionando tanto sus silencios institucionales como la incapacidad para confrontar críticamente la propia herencia colonial.
El vacío político de occidente
Albanese habla de la necesidad de reivindicar la capacidad palestina de sostener la resistencia sin reproducir necesariamente las mismas lógicas de deshumanización que la atraviesan. “Lo que he aprendido de los palestinos es la capacidad de estar enfadados sin odio”, afirmó. Esta idea aparecía como una impugnación directa a un orden internacional que ha normalizado durante décadas la ocupación, el apartheid y la destrucción sistemática de Palestina, mientras al mismo tiempo exige moderación a quien padece la violencia. La rabia profunda, la respuesta visceral del pueblo palestino y la capacidad de imaginar continúan siendo herramientas desde las que reclamar el reconocimiento como sujeto político, histórico y humano.
Quizá todas estas cuestiones expliquen lo que ocurrió a las puertas del MACBA, completamente desbordadas de lo que se esperaría de la presentación de un libro de una diplomática. La respuesta masiva alrededor de Albanese habla del vacío político y ético que atraviesan muchas instituciones occidentales frente al genocidio en Palestina. Al mismo tiempo, también revela cómo, ante ese vacío, parte de la población internacional busca espacios, voces y símbolos desde los que canalizar el apoyo y la identificación política con la causa palestina. La figura de Albanese termina funcionando también como la encarnación de una demanda colectiva de claridad en medio del colapso y la barbarie.

