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Alerta de espóiler: en este texto se desvela una escena fundamental de la novela Niebla, publicada en 1914.
Empecé la clase preguntando a mis alumnos y alumnas a quién acudirían ellos en caso de sentirse tan desolados por la tristeza y el desamor que hubieran dejado de verle sentido incluso a la propia vida. A mamá, dijo el primer chico que se atrevió a alzar la voz. Era una de las respuestas esperables, aunque me sorprendió la fórmula precisa. No dijo a mi madre, ni a mi mamá, y la ausencia de ese posesivo me pareció elocuente.
La segunda respuesta me extrañó más, pues no podía comprender que mi alumna quisiera acudir durante su crisis a un desastroso personaje de La que se avecina. En seguida me explicaron que ese Antonio no era el personaje de ficción, sino su profesor de Matemáticas.
En tercer lugar, alguien dijo que acudiría a la IA.
Una madre, un docente, una herramienta.
Toda esta conversación era un diálogo previo para introducir la escena de Niebla en la que el protagonista, Augusto, desesperado por sus sufrimientos, decide buscar ayuda, pues está a punto de suicidarse. La genialidad de Unamuno es que hace que su personaje acuda precisamente a su despacho de Salamanca. Allí el escritor le desvela a Augusto que no puede suicidarse, pues no está vivo (ni muerto), sino que es tan solo un ente de ficción creado por él.
¿Os imagináis —les digo— que vuestra madre, vuestro profesor de Matemáticas o la IA os respondiesen que no existís, que sois tan solo una creación suya?
No, responden. No lo pueden imaginar.
¿Somos dueños de nuestras vidas?
Trágicamente, esta sesión de clase coincidió con la noticia del último recurso del padre de Noelia Castillo para evitar que a la joven le fuera aplicada la eutanasia.
En la novela, reflejando la crisis de fe del propio Unamuno, el episodio continúa con otro giro inesperado, pues tras reponerse del primer impacto, Augusto se rebela ante su creador: tal vez, viene a decirle, es usted el que no exista. Igual que don Quijote ha llegado a ser casi más real que el propio Cervantes, tal vez usted, que dice ser mi creador, no es más que un pretexto para que mi historia llegue al mundo.
El pasaje es una proeza literaria y mis alumnos, desconcertados, continúan con el paralelismo y fabulan con lo que supondría rebelarse contra sus madres, sus profesores o contra la IA, negándoles incluso la existencia. Si se trata de rebelarse, podemos recordar decenas de libros y películas.
Pero lo cierto es que no hay una tumba para los restos de Augusto, y su historia en Niebla nos la contó Miguel de Unamuno, quien no permitió que el personaje se suicidara pero lo hizo morir “dejando de soñarlo”. El autor no trató a su criatura con especial simpatía y la imagen que el lector obtiene de él, a partir del libro, no es la de un hombre precisamente admirable. Les pregunto entonces a mis alumnos qué pasará cuando la IA cuente nuestra historia, cuál será el retrato que hará de sus creadores convertidos en criaturas.
Cuando ya no estamos, siempre son otros quienes nos cuentan.
Descansa en paz, Noelia.
