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El tema de la colaboración docente es el gran olvidado de los debates educativos. Que quede eclipsada por otros temas que se perciben como más urgentes no le resta valor. De hecho, muchos de esos temas de debate (metodologías, escuela inclusiva, ratios…) funcionan mejor cuando existe una cultura y una estructura de trabajo colaborativas.
Pero esta colaboración queda siempre en un segundo plano y es menos tangible para familias, políticas educativas y medios. Al ser un proceso lento, que construye cultura profesional a medio o largo plazo, no “parece” tener un impacto inmediato y difícilmente se convierte en titular.
Tampoco es percibida por todos los docentes como algo central, ya que implica revisar identidades profesionales y prácticas de trabajo individual muy enraizadas. Es más “fácil” centrarse en qué se hace en el aula, pero menos en cómo trabajan los docentes entre ellos. Y este “cómo” es determinante.
Contribuye a llenar este vacío la reciente publicación, Colaboración docente para el desarrollo profesional (Editorial Horsori), coordinada por David Duran, con la participación de Mariona Corcelles, Begoña de la Iglesia, Marta Flores, Ester Miquel y Jesús Ribosa.
Qué colaboración y cómo
Plantea diversas formas de colaboración respaldadas por la literatura científica y acompañadas con ejemplos prácticos. Su formato facilita el uso por parte de equipos docentes y en escenarios de formación, ya que cada capítulo contiene preguntas para la reflexión y la acción.
Los retos a los que se enfrentan los docentes y las escuelas hoy hacen necesaria la capacidad de colaborar
Como dicen los autores, los retos a los que se enfrentan los docentes y las escuelas hoy hacen necesaria la capacidad de colaborar; no es un añadido voluntario o voluntarioso, sino una necesidad para dar respuesta a la complejidad social creciente que se vive en las aulas. Por supuesto, debe ser impulsada desde un liderazgo distribuido que invite a un replanteamiento de la propia profesión y rompa con el dicho “cada maestrillo tiene su librillo (y su aulilla)”.
El libro presenta formas de colaboración que pueden tener lugar en un mismo centro, como la observación entre iguales y la codocencia, y también aporta fórmulas de aprendizaje entre centros, a la vez que reflexiona sobre la necesidad de tejer culturas colaborativas en las escuelas y sobre el impacto que tienen en el aprendizaje del profesorado y, en consecuencia, del alumnado. Y lo hace de manera rigurosa, aportando evidencias de la investigación propias y ajenas y a la vez presentando el tema de manera comprensible, con prácticas y recursos, e invitando a que los textos se lean y se discutan en equipo.
Nadie puede dar respuesta de manera aislada a la diversidad de necesidades, ritmos y situaciones del alumnado
Condición sine que non
Hoy día, la colaboración docente ha de ser vista como una condición sine qua non de la profesión: una competencia profesional central.
En contextos educativos complejos, nadie puede dar respuesta de manera aislada a la diversidad de necesidades, ritmos y situaciones del alumnado. Tampoco el profesorado puede ser experto en todo.
Aprender entre iguales, compartir criterios, contrastar prácticas y tomar decisiones conjuntas forma parte del desarrollo profesional continuo y construye conocimiento pedagógico colectivo, más robusto que el saber individual.
Los centros educativos se asemejan cada vez más a organizaciones complejas en las que profesionales con roles complementarios cooperan para dar respuestas coherentes y eficaces en función del contexto.
Cuando el profesorado conoce la propia función y la de los otros docentes -o personal no docente que trabaja e interacciona con ellos- y sabe cómo actuar -o a quién pedir ayuda- frente a cualquier eventualidad, el sistema gana eficacia y los docentes seguridad, reconocimiento y apoyo. Si esta colaboración es cotidiana, evita la dispersión y reduce la sensación de aislamiento profesional, de desgaste y de malestar por no sentirse capaz de resolver problemas.
Esta cultura colaborativa no se improvisa; se tiene que incentivar y sostener desde un equipo directivo que ejerza un liderazgo pedagógico.
No se trata solo de gestionar el centro, sino de crear condiciones (tiempos, espacios, estructuras y confianza) para que la colaboración forme parte del día a día del centro. Implica dinamizar círculos de colaboración, promover la corresponsabilidad y legitimar el trabajo compartido como valor profesional de primer orden.
Tres en uno
En síntesis, la colaboración docente es a la vez un medio de desarrollo profesional, una respuesta organizativa a la complejidad educativa y un indicador de calidad del liderazgo pedagógico de un centro. Cuando forma parte del bagaje y de la cultura cotidiana, beneficia tanto a los docentes como al alumnado.
A diferencia de otras organizaciones complejas en las que conviven categorías profesionales muy diferenciadas, niveles elevados de especialización y relaciones jerárquicas, la escuela es una organización con perfiles profesionales más homogéneos, un menor grado de especialización y una estructura más igualitaria.
Lejos de ser una limitación, es una ventaja: facilita una cultura de trabajo entre iguales, basada en la confianza mutua, la corresponsabilidad, el diálogo profesional y una toma de decisiones lo más consensuada posible.
Ello precisa de estructuras claras, objetivos compartidos y un liderazgo pedagógico que oriente, conecte y dé sentido al trabajo colectivo. Así, la dirección no actúa tanto como instancia de control, sino como facilitadora de organizaciones eficientes, capaces de dar respuestas coherentes a retos educativos complejos, fomentando así los llamados liderazgos intermedios, que permiten que todos los docentes puedan tener experiencias profesionalizadoras ricas.
También necesita de un reconocimiento institucional explícito que rebaje la presión por los resultados y que potencie esta cultura de colaboración profesional y procure espacios y tiempos “protegidos” que permitan el trabajo en equipo. Finalmente, es necesario que el profesorado tenga acceso, desde la formación inicial y permanente, a buenas prácticas, así como a modelos de éxito e intercambio.
La publicación hace un recorrido por diferentes prácticas educativas y señala el grado de impacto que tienen sobre la profesionalización docente.
Hacer actividades conjuntas entre diferentes clases o desde diferentes asignaturas, o, incluso, con otros centros y colectivos (familias o entidades del entorno), constituye un primer paso en esta colaboración docente.
Ahora bien, el libro se centra sobre todo en formas más profundas y ricas de colaboración, que exigen más interacción e interdependencia, y que pueden ayudar a que los docentes aprendan entre sí.
En la última edición del informe TALIS (OCDE, 2025) se sugiere que en los países que integran la organización -también en España- es preciso promover justamente estas formas porque, a pesar de que son -según la literatura científica y la propia percepción docente- las que impactan más en el desarrollo profesional, son las que menos se implementan.
Colaboración que impacta
Uno de los principales instrumentos de desarrollo y aprendizaje profesional es la observación entre iguales, entendida como una forma recíproca de observación en el aula, orientada a que cada profesor -tanto en su rol de observado como de observador- aprenda.
Las conclusiones de la investigación sobre esta práctica son contundentes: promueve la colegialidad y fomenta la cultura colaborativa. Bien implementada y de forma recurrente, conduce a cambios en las prácticas docentes y, en consecuencia, a mejoras en los aprendizajes del alumnado.
En la publicación se exponen las condiciones previas para el éxito de la práctica, se profundiza en un procedimiento relativamente sencillo para su aplicación práctica y se ofrecen orientaciones y recursos. En este sentido, cabe mencionar que los autores, entre otros, participaron en una investigación pionera financiada por el Ministerio de Ciencia e Innovación y realizada en colaboración con el Departamento de Educación de Cataluña y el Gobierno de las Islas Baleares, entre los años 2021-2024, que mostró que los docentes que participan en estos procesos perciben tres principales beneficios: incremento de la conciencia y de la reflexión sobre su práctica, adopción de nuevas estrategias de enseñanza y aumento de la autoconfianza. A parte de los beneficios docentes, también se hallaron beneficios sostenibles para la institución (el centro y su ecosistema).
La observación entre iguales puede ser la antesala de la codocencia o docencia compartida, otra de las prácticas que se tratan en el libro. Primero se analizan diversas modalidades de codocencia -presentando casos prácticos en todas las etapas educativas- y luego se resaltan los beneficios específicos de cada modalidad, según los objetivos, las necesidades del alumnado y las características de los propios docentes, así como los retos de su aplicación práctica.
La riqueza de la codocencia permite que se integren diferentes perfiles docentes e incluso otros agentes educativos. También implica varios roles en los codocentes: uno enseña y el otro observa o da apoyo; ambos enseñan en paralelo o rotativamente; ambos enseñan de forma conjunta la mayor parte del tiempo, alternando o compartiendo las intervenciones e interacciones con el alumnado, etc.
Finalmente, se tratan prácticas que amplían aún más la potencialidad de la colaboración: la participación en redes integradas por diferentes centros, sostenidas en el tiempo y con apoyos externos. Ante la actual proliferación de redes de centros, a escala local e internacional, los autores distinguen entre las redes de colaboración y las que promueven un aprendizaje en red, con el objetivo de generar una construcción colectiva de conocimiento que permita mejorar las prácticas escolares. Se cita el ejemplo, en nuestro contexto, de la Xarxa de Competències (Red de Competencias), una modalidad de formación y desarrollo profesional basada en el aprendizaje docente entre iguales, promovida institucionalmente y con 25 años de recorrido, que parte de la práctica reflexiva colaborativa y que impacta en tres niveles: el del docente individual, el del centro y el del conjunto de centros de un territorio.
Para acabar, como dice Gerardo Echeita en el prólogo, este libro es útil, oportuno y necesario, y merece ser leído colaborativamente, generando reflexión y debate en el seno de cada docente, de cada equipo y de cada escuela. Confiamos que también contribuya al enriquecimiento del debate educativo actual.
