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¿Cuántas veces nos hubiera gustado entrenar algunas de las situaciones más habituales de nuestro contexto educativo profesional, antes de tenerlas que afrontar por primera vez? ¿Existe algún modo de acercar a los estudiantes a la experiencia profesional, con distintos niveles de detalle antes incluso del inicio de sus prácticas curriculares?
La simulación como metodología es una de las posibles opciones docentes para dar respuesta a ambas preguntas. Esta se ha ido consolidando como una metodología clave para la formación de distintos perfiles profesionales. En su larga y habitual inclusión en la aviación o en disciplinas clínicas, permite recrear situaciones profesionales complejas en contextos formativos seguros, evitando las posibles consecuencias a terceros.
Se trata de una metodología muy regulada, fundamentada en estándares internacionales que deben ir acompañados de criterios de calidad y componentes adaptados a cada institución a nivel estratégico, organizativo y pedagógico.
Transferencia al ámbito educativo
La transferencia y proceso de adaptación de esta metodología a otros ámbitos ha sido tema de estudio en los últimos veinte años. En especial, la formación inicial de los profesionales de la educación ha contado con distintos proyectos e investigaciones llevados a cabo por distintos miembros de RELFIDO durante los 7 últimos años.
Su foco de atención se ha centrado, entre otros, en la incorporación de la simulación en los Grados de Pedagogía y Educación social, así como en estudios de posgrado como el Máster en Dirección y Gestión de Centros Educativos y el Máster de Formación de Profesorado de Educación Secundaria. Estas experiencias se han difundido en multitud de congresos nacionales e internacionales, así como en distintas publicaciones, implicando a más de 100 docentes en prácticas de investigación en docencia e innovación docente.
Diseñando situaciones inmersivas de aprendizaje
Cada una de las fases de integración curricular de la simulación en distintas de las asignaturas ha partido del análisis de diferentes necesidades detectadas en los estudiantes y su contraste con aquellos cuellos de botella que el profesorado identifica durante el proceso de aprendizaje. Por ello, se han articulado distintos escenarios verosímiles propios, recurrentes y más o menos complejos del desarrollo profesional de destino.
En estos escenarios, los estudiantes actúan, entonces, “como si ya fueran profesionales”, desde su “yo”, sin interpretar un papel asignado (como podría ser en el role-playing). En ellos, cada estudiante debe responder a tiempo real a dilemas, conflictos relacionales, decisiones organizativas… Desde este punto de vista, este enfoque permite una movilización de conocimientos, habilidades y actitudes en un entorno que procura y combina estratégicamente la fidelidad conceptual, psciológica y física, así como un diálogo reflexivo, consciente, iterativo, consistente y bidireccional entre teoría y práctica. De entre las competencias foco de estudio de los escenarios de simulación podrían citarse la toma de decisiones, la escucha activa, la creación de vínculo o la coordinación entre agentes educativos.
Desde el punto de vista del profesorado, todo el proceso se ha apoyado en estándares internacionales (INACSL, ASPIH y ASPE), teniendo en cuenta ingredientes muy definidos: formación específica del profesorado, diseño y validación rigurosa de casos, redacción de guías de acompañamiento para el estudiantado, entrenamiento de agentes simulados (actores y actrices que colaboran en la acción) y co-docencia entre especialistas en contenidos y en simulación. A ello se ha sumado la institucionalización de procesos de meta‑debriefing entre docentes, que funcionan como espacios de aprendizaje colaborativo y de revisión crítica de la propia práctica docente e investigadora tras cada puesta en práctica de una experiencia de simulación.
En lo referente a los estudiantes, algunas cuestiones han constituido foco de atención constante en la integración de los programas de simulación: por un lado, la generación de espacios seguros en los que poder arriesgar, tomas decisiones y autoevaluar en qué momento de su proceso de aprendizaje se encuentran en cada una de las asignaturas participantes; por otro, construir un espacio de reflexión (denominado debriefing) en el que estudiantes, docentes y profesionales expertos del sector, tras la acción simulada, comparten, contrastar, dialogan sobre lo ocurrido, en un plano de reconstrucción conceptual interactuando entre teoría y práctica vivenciada. Para muchos la simulación constituye una excusa para promover un debriefing, ya que aquí (en este proceso, espacio y tiempo) se analiza lo ocurrido, se resignifica el error como oportunidad y se favorece una comprensión profunda transferible a nuevas situaciones inmediatas o más lejana y se refuerza el sentido de agencia y confianza para resolver situaciones complejas futuras, así como una mayor toma de consciencia respecto a la responsabilidad ética asociada a sus decisiones como profesionales.
Evidencias y desafíos en su puesta en práctica
Hasta la fecha, las investigaciones realizadas evidencian lo que la literatura ya ha confirmado en otros sectores: que la simulación facilita aprendizajes que suponen un primer choque de realidad profesional. A su vez, a través de la recreación y acción intencionada en situaciones profesionales, el alumnado desarrolla habilidades de toma de decisiones, comunicación profesional y regulación emocional, a la vez que es más consciente de su identidad profesional.
A su vez, también presenta desafíos relevantes. La integración curricular de la simulación sigue siendo desigual, depende a menudo del impulso de equipos concretos y se enfrenta a restricciones de horarios, espacios y recursos humanos (por ejemplo, la difícil, aunque siempre comprometida, figura de profesorado que no dispone de dedicación horaria plena a la docencia).
Otro desafío tiene que ver con la percepción de ciertos docentes a considerar la simulación como una técnica añadida, una dinámica que no requiere formación alguna para su aplicación. La complejidad de la metodología va mucho más allá: desde la identificación de situaciones simulables por su relevancia, pasando por el diseño de escenarios y preparación de actores y actrices, y sin olvidar la envergadura pedagógica que adquiere el debriefing.
Desde otra perspectiva, cabe mencionar también que persisten tensiones entre culturas evaluativas centradas en el rendimiento individual y el enfoque colaborativo, dialógico y orientado al error que exige esta metodología, todavía con hábito desigual entre docentes.
A su vez, continúan existiendo dificultades en la medición de las evidencias sistemáticas sobre la transferencia a medio y largo plazo: se desconoce aún en qué medida las competencias entrenadas en escenarios simulados en educación se sostienen durante las prácticas externas y en los primeros años de ejercicio profesional.
Por último, es menester una visión globalizada de la simulación tanto en lo que se refiere a su integración a lo largo de un plan de estudios, a su complemento y diálogo con otras metodologías y la colaboración institucional para romper ciertos compartimentos estancos y limitaciones en horarios, asignaturas, perfiles profesionales…
Nuevos focos de investigación
Son múltiples las vías y alternativas de investigación que se divisan a los próximos años respecto al empleo de la simulación en el contexto de la formación de profesionales de la educación y, por extensión, de los estudiantes universitarios. En nuestro caso, las líneas de investigación emergentes apuntan a la necesidad de diseñar indicadores de impacto que conecten la simulación con la mejora de la calidad y la equidad educativas, más allá del desempeño puntual del estudiantado. Esto implica seguir explorando la combinación entre simulación presencial, tecnologías inmersivas y análisis de vídeo, así como fortalecer la colaboración entre universidad, centros educativos y entidades del tercer sector para co‑diseñar casos que respondan a problemas sociales reales. En este sentido, la simulación no solo es una herramienta metodológica, sino un dispositivo para articular investigación, innovación y compromiso social en la formación de profesionales de la educación.
Desde el inicio de estas implementaciones, RELFIDO ha tenido muy presente que la incorporación de la simulación en esta formación inicial y permanente no es ni una moda ni una manera de suplir las clases teóricas. Más bien, una forma de acercar la universidad a los retos reales de escuelas, servicios socioeducativos y comunidades, para contribuir a desarrollar perfiles profesionales reflexivos, capaces de gestionar la incertidumbre y de priorizar la equidad y el cuidado en sus decisiones.
Se trata de preparar a los futuros profesionales de la educación para que incorporen en su práctica habitual acciones como ensayar, equivocarse y mejorar constantemente, articulando una inversión estratégica que conduzca a garantizar derechos, prevenir daños, fomentar el bienestar de profesionales, niños y adolescentes y una mayor calidad educativa.

