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Hay frases que no envejecen. Frases que permanecen suspendidas en el aire, esperando a que la humanidad vuelva a estar a su altura. María Montessori —pedagoga, filósofa, activista feminista— escribió una de ellas cuando Europa aún no había ardido en la II Guerra Mundial, pero ya olía a humo: “La tarea de la política es prevenir los conflictos; la de la educación es establecer la paz”.
Montessori no hablaba de una paz amable, ni ingenua, ni decorativa. No hablaba de una paz de cartulina pegada en un mural escolar. Hablaba de una paz que se construye desde dentro: una paz estructural, nacida de la dignidad, la justicia, la cooperación, la autonomía, la capacidad de convivir sin miedo y sin jerarquías impuestas. Una paz que no se enseña con discursos, sino con prácticas. Una paz que no se decreta, sino que se cultiva.
Una paz que no se enseña con discursos, sino con prácticas. Una paz que no se decreta, sino que se cultiva
Y advertía algo que seguimos sin comprender del todo: que la educación para la paz no es un asunto escolar, sino un proyecto que no entiende de fronteras. “La educación para la paz no se debe limitar a la enseñanza en las escuelas. Es una tarea que requiere esfuerzos de toda la humanidad”. Montessori entendió que la violencia no es un accidente: es un sistema. Y que la paz tampoco es un milagro: es un proyecto educativo y social que afecta a toda la humanidad.
Hagamos memoria para entender de dónde vienen ciertas conquistas, ideas y derechos que actualmente señalan el marco de actuación en las corrientes pedagógicas.
2005: un país que intenta aprender de sus heridas
España venía de una década marcada por algunos de los conflictos más brutales del final del siglo XX y el inicio del XXI: los Balcanes, Ruanda, Afganistán, Irak, el 11-S, el 11-M. Conflictos atravesados por limpiezas étnicas, genocidios, asedios, desplazamientos masivos, atentados terroristas y crímenes de guerra.
En ese clima se aprueba la Ley 27/2005, vigente hoy y, sin embargo, una gran desconocida. Una ley que nace de un mundo que había visto demasiado horror, de una Europa que había fallado en detenerlo, de una España que lo había sufrido en su propia piel. Una ley breve, discreta, pero con una intención clara: recordarnos que la paz no es un deseo, sino un aprendizaje. Que la democracia no se hereda, se enseña. Que la convivencia no es un trámite, sino un ejercicio cotidiano.
Eduquemos para la paz, porque ya hemos visto lo que ocurre cuando no lo hacemos
La ley pide que la cultura de paz impregne los currículos, la formación docente, los materiales, la investigación, las instituciones. Era, y es, un recordatorio urgente: si no educamos para la paz, educamos para otra cosa. Una respuesta ética y política a esa década de violencia: “Eduquemos para la paz, porque ya hemos visto lo que ocurre cuando no lo hacemos”.
La educación inicia así una transformación en nuestro país con la LOE (2006), que consolida un proyecto pedagógico orientado a los valores democráticos, los derechos humanos y la igualdad. Ese camino, sin embargo, empezaría a resquebrajarse pocos años después, dejando en suspenso un avance que la sociedad asumía como un deber colectivo y que la política, por acción u omisión, no supo acompañar.
2013: un giro brusco, la Lomce y el retroceso en valores
Ese hilo que la Ley 27/2005 había empezado a tejer se rompió en 2013. La LOMCE, aprobada en un contexto de crisis económica y obsesión por los rankings, dio un giro radical al sentido de la educación.
Su preámbulo hablaba de talento, empleabilidad, itinerarios y rendimiento, pero no mencionaba ni una sola vez la cultura de paz, ni la convivencia democrática, ni la resolución pacífica de conflictos.
Los contenidos transversales quedaron diluidos. La formación en valores democráticos perdió peso. La convivencia dejó de ser un eje y pasó a ser un apéndice. La escuela se vio empujada hacia un modelo más selectivo, más competitivo, más centrado en resultados medibles que en vínculos humanos. Fue un retroceso claro: la paz dejó de estar en el centro del proyecto educativo.
2020–2023: la Lomloe retoma el sendero de los derechos humanos
La LOMLOE recuperó el espíritu de la Ley 27/2005 y lo amplió: derechos humanos, igualdad, inclusión, ciudadanía global, Agenda 2030, competencias sociales y cívicas, educación emocional, convivencia positiva, equidad. Europa también marcaba el camino: valores comunes, lucha contra el discurso de odio, justicia social.
Sobre el papel, el camino estaba trazado, sabíamos hacia dónde avanzar y qué obstáculos podríamos encontrar.
Un nuevo concepto de educación que apenas ha tenido formación para asentarse y que aterriza en un sistema marcado por hábitos y miradas que no cambian de un día para otro, con valores y prioridades distintas. Las leyes, por sí solas, no transforman la cultura escolar. Necesitan tiempo, recursos y voluntad colectiva.
Llegados a este punto, conviene aclarar por qué este artículo se detiene en el marco normativo español y no en la evidente hipocresía con la que Europa y España hablan de paz mientras sostienen políticas que la desmienten —como el crecimiento de la industria armamentística, por ejemplo—.
Esa crítica es imprescindible y daría para otro texto completo, que además atraviesa y afecta directamente a la educación; pero aquí el foco es otro: la escuela pública y las herramientas concretas que tenemos para intervenir desde dentro.
Que existan injusticias estructurales globales no invalida la necesidad de actuar en los espacios donde sí tenemos capacidad de transformación inmediata
La normativa —Ley 27/2005, LOE, LOMCE, LOMLOE— no es un fin en sí misma ni una defensa del Estado. Es simplemente el marco de apoyo desde el que trabajamos quienes estamos en los centros educativos. Es el terreno inmediato sobre el que podemos actuar, transformar y acompañar a nuestro alumnado. Y eso es independiente de la falsedad y la hipocresía institucional que, a nivel internacional, sostienen guerras, genocidios y alianzas militares que contradicen cualquier discurso de paz.
Centrar este artículo en la normativa es, por tanto, una cuestión de nivel de análisis, no de renuncia política. Tildarlo de “hueco” sería tan absurdo como afirmar que la lucha feminista en la escuela es “vacía” porque en otros países las mujeres sufren desigualdades mucho más graves, o porque las leyes del propio Estado no siempre funcionan como deberían. Que existan injusticias estructurales globales —o fallos en la aplicación de las leyes— no invalida la necesidad de actuar en los espacios donde sí tenemos capacidad de transformación inmediata. La escuela es uno de esos espacios.
Cuando el papel no basta: una mirada desde dentro de la escuela pública actual
Teniendo leyes que promueven la educación para la paz, algo se ha desviado. O quizá no se ha desviado: simplemente no se ha construido lo suficiente. ¿Es pronto para ver los frutos de la semilla plantada en 2005? ¿O acaso el retroceso de 2013 fue tan profundo que ahora recogemos sus consecuencias?
- ¿Qué puede ser más importante que enseñar a no justificar la muerte de inocentes? ¿Qué puede ser más urgente que educar para que ninguna vida se considere prescindible o de segunda?
- ¿Qué puede ser más esencial que formar a quienes mañana decidirán si un conflicto se apaga con diálogo o se alimenta con fuego?
- ¿Qué puede ser más inmediato que educar a nuestra futura sociedad para no sostener, ni legitimar, industrias armamentísticas que convierten pueblos enteros en un daño colateral?
El Día de la Paz no es el problema; el problema es que, para muchos colegios, es el único día en que la paz existe
En demasiados centros, la educación para la paz se ha convertido en una ficción administrativa. Se dedica al año un día para Instagram, un eslogan, un photocall. El Día de la Paz no es el problema; el problema es que, para muchos colegios, es el único día en que la paz existe. El resto del curso, la escuela vuelve a su rutina de silencios, prisas y obediencias, como si la paz fuera un disfraz que solo se saca del armario una vez al año. La paz no es un evento: es una estructura escolar. Y esa estructura sigue siendo una tarea pendiente.
Construir la paz no es gestionar conflictos. No basta con tener un Plan de Convivencia impecable. Ni con acumular protocolos. Ni con aplicar sanciones como si fueran herramientas pedagógicas. La paz no se archiva: se practica. Y practicarla exige tiempo, escucha, comunidad, diálogo, mediación, participación real. Exige una escuela que se atreva a mirarse a sí misma.
La escuela no deja de ser el reflejo de una sociedad. Y actualmente los discursos de odio lo impregnan todo. Vivimos en una sociedad polarizada, y esa polarización entra en las aulas. Muchos docentes callan por miedo a represalias, denuncias o titulares. Se evita hablar de racismo, machismo, desigualdad, guerra, migraciones, derechos humanos. Como si defender lo éticamente correcto fuera algo de lo que avergonzarse. Pero la escuela no es una burbuja. Si callamos, otros discursos ocuparán ese espacio. Y esos discursos no siempre construyen paz.
La paz estructural es, ante todo, la certeza de que la dignidad está protegida antes de que aparezca el conflicto. Es que una niña gitana no tenga que temer ser estigmatizada por su apellido o por la historia de su familia; que un niño migrante no escuche risas cuando pronuncia una palabra con acento; que un alumno LGTBI no mida cada gesto por miedo a convertirse en diana; que un docente no tema represalias por hablar de derechos humanos en voz alta.
Y es también que un claustro no normalice frases que hieren más de lo que parecen: esos “vienen de ese barrio, ya sabes” que convierten la procedencia en destino; esos “los árabes son así” que reducen culturas enteras a estereotipos; esos “esa gente es muy machista” que señalan a otros pueblos como si el nuestro fuera un ejemplo impecable; esos “con su origen no llegarán muy lejos” que se clavan en la autoestima de un niño como una sentencia anticipada; esos “esta familia no se implica nunca” que confunden precariedad con desinterés; esos “no entienden nada porque en su país no estudian igual” que convierten la diversidad en déficit; y también esos comentarios tan habituales que reducen a niños y niñas a “los chinitos, ucranianos, rusos… esos”, sin nombre y sin historia, como si su esfuerzo por aprender un idioma tan distinto al suyo fuera una anécdota y no una proeza cotidiana.
La paz estructural empieza cuando dejamos de pronunciarlos, cuando dejamos de pensarlos, cuando dejamos de permitirirlos
Son frases dichas deprisa, con desgana o con risa, pero que van moldeando la mirada y encogiendo las expectativas. La violencia estructural empieza ahí, en esos comentarios que reducen a un niño a su acento, a su apellido, a su barrio, a su familia. La paz estructural empieza cuando dejamos de pronunciarlos, cuando dejamos de pensarlos, cuando dejamos de permitirlos.
Europa habla de inclusión y equidad. De ahí la LOMLOE. Pero en demasiados centros, la inclusión se vive como carga, no como derecho. Como “atender necesidades”, no como transformar estructuras.
En gran parte la responsabilidad recae en estratos superiores de decisión, en quienes politizan con la educación y dejan la educación para la paz en un segundo plano. Quienes gobiernan reduciendo costes o priorizan unas pruebas externas que miden lo que es fácil medir, no lo que sostiene la convivencia.
Educar para la paz es enseñar a vivir sin miedo, a convivir sin jerarquías impuestas, a reconocer al otro como legítimo. Es construir, día a día, la sociedad que aún no somos
La paz no es posible sin justicia. Y la justicia no es posible sin inclusión real. La paz estructural no es un deseo ni un gesto simbólico: es un conjunto de condiciones que hacen posible que la violencia no sea necesaria. Es ratios dignas, recursos suficientes, diversidad celebrada, convivencia participada, pensamiento crítico protegido, inclusión entendida como justicia y una escuela que no reproduce desigualdades, sino que las repara. Es invertir en lo que previene, no en lo que castiga. Es practicar la democracia cotidiana. Es la arquitectura invisible que permite que la vida pueda vivirse sin miedo.
La educación para la paz exige formación sólida, pero ese espacio lo ha ocupado otra cosa: la batalla cultural. Todo es político, sí, pero no en el sentido partidista que algunos pretenden. Los docentes tenemos nuestra ideología, votamos a un partido u otro —o quizá a ninguno— y cada cual libra sus propias luchas personales y profesionales. Pero cuando los discursos que niegan la dignidad humana ganan terreno en la sociedad, entran en las aulas. Y combatirlos desde dentro es difícil, sobre todo cuando, independientemente de nuestra ideología, no nos posicionamos firmemente ante el derrumbe de los valores y derechos humanos, ante el racismo y la violencia estructural. No se puede defender un genocidio y educar al mismo tiempo en valores a nuestro alumnado.
Ocurre que muchas veces dentro de un claustro se ridiculiza la inclusión, se desprecia la educación emocional, se considera que hablar de igualdad o diversidad es “ideología”, se priorizan las matemáticas y la lengua como si fueran lo único importante. Y esto, que ocurre todos los días en algún claustro, hace que la escuela pierda su capacidad transformadora.
Montessori lo dijo hace casi un siglo: la educación para la paz no es un añadido; es la base de todo.
Reconstruir la escuela pública: cómo reabrir el sendero de la paz
Con memoria. Pero no una memoria nostálgica ni paralizante, sino una memoria que ilumine el presente y nos recuerde por qué empezamos a caminar. No desde la ingenuidad, porque la paz no es un gesto inocente; ni desde el silencio, porque el silencio nunca ha sido un método pedagógico. Podemos retomar el camino si devolvemos a la convivencia el lugar que nunca debió perder, si entendemos la inclusión no como un trámite sino como justicia, si formamos al profesorado en mediación, en derechos humanos, en escucha activa, en reparación. Si construimos comunidades educativas que dialogan y deciden juntas, si defendemos la escuela pública como ese espacio democrático donde la sociedad se ensaya a sí misma y se repara.
Retomar el camino significa también que el silencio no se convierta en metodología. Que no callemos por miedo, por cansancio o por costumbre. Que no dejemos que una prueba externa —que mide lo que es fácil medir, no lo que es importante aprender— ocupe el lugar de la convivencia, que es siempre más frágil, más compleja y más esencial.
Porque la paz no es solo un asunto escolar: es un proyecto de humanidad. La paz estructural que defendemos en las aulas: esa que garantiza dignidad antes del conflicto, que protege la diversidad, que escucha, que repara, es la misma que falta en demasiados rincones de nuestra sociedad. Una sociedad donde el discurso de odio se normaliza, donde la desigualdad se hereda, donde la violencia simbólica se disfraza de opinión, donde la vida de algunos vale menos que la de otros según el lugar donde nacieron o la lengua que hablan. La escuela no puede salvarlo todo, pero sí puede ser el primer territorio donde se ensaye otra forma de estar en el mundo. Educar para la paz es enseñar a vivir sin miedo, a convivir sin jerarquías impuestas, a reconocer al otro como legítimo. Es construir, día a día, la sociedad que aún no somos. Y es urgente. Demasiado urgente. La sociedad lo necesita. Solo falta que lo hagamos.

