El mundo nacido del fin de la Segunda Guerra Mundial construyó un imaginario educativo sobre la base de un conjunto de ideas estables. El progreso, el crecimiento económico, el ascenso social, así como la acumulación de conocimiento y la confianza en un futuro mejor fueron los pilares sobre los que se edificó el paradigma de las democracias sociales en Europa occidental. Hoy, en cambio, vivimos un tiempo atravesado por la sensación de estar a la intemperie, sin un paraguas que nos proteja de las sucesivas crisis y catástrofes ecológicas. Las guerras, las desigualdades, el debilitamiento de los afectos comunitarios o los usos amenazantes de la tecnología configuran un presente y un futuro inciertos.
El pensamiento educativo no es ajeno a esta situación. Poner la fragilidad en el centro del debate nos ayuda a entender el mundo desde una perspectiva pedagógica. La fragilidad entra cada día en las aulas en forma de cansancio, ansiedad, duelo, exclusión, hiperconectividad, miedo o soledad. También aparece en la institución educativa, sometida a tensiones que la alejan de su verdadera misión humanizadora. Tensiones que desplazan el interés educativo de los cuidados a la productividad y el rendimiento desmesurados, de trabajar y profundizar en la convivencia democrática en las aulas a su colonización por la burocracia, de promover el pensamiento crítico a obsesionarse por garantizar la adaptación técnica del desempeño profesional. Pero, sobre todo, centrarnos en el concepto de la fragilidad puede ayudarnos a construir sentido compartido sobre algunas de las preguntas básicas que debemos hacernos: qué es educar y para que educarnos.
Pensar la educación desde la fragilidad
Desde hace más de cuarenta años, el Seminario Interuniversitario de Teoría de la Educación (SITE) trata precisamente de sostener espacios donde estas y otras cuestiones educativas esenciales puedan seguir formulándose colectivamente. Nuestra comunidad científica encuentra aquí su espacio común para la reflexión y el debate, para «ver» la educación ya que este es, en su sentido etimológico, el significado de la teoría. Un término que nos remite a la palabra griega thea, vinculada a la mirada, a la contemplación, a la observación atenta de la realidad. Vista así, la Teoría de la Educación no consiste solamente en la construcción de un discurso sino en el desarrollo de formas de mirar el hecho educativo. Formas de interpretar, desde una posición situada, qué ocurre en la escuela, en las relaciones pedagógicas, en los procesos de aprendizaje o en las transformaciones culturales que atraviesan nuestras sociedades. Una de las aportaciones más importantes del SITE al debate pedagógico ha sido precisamente recordar que no existe una única manera de pensar la educación. Cada época reorganiza sus preguntas, redefine sus prioridades y elabora determinados relatos sobre qué sujetos desea construir. La teoría no aparece entonces como un saber neutral, sino como una forma de posicionarse ante el mundo.
Desde su creación en 1982, el SITE ha reunido anualmente a investigadoras e investigadores de distintas universidades españolas en torno a esa necesidad de compartir el pensamiento sobre la educación desde una mirada crítica. Lo ha hecho mediante una lógica conversacional, manteniendo un formato basado en ponencias centrales, adendas que las problematizan o complementan y, de forma más reciente, relatorías que dan cuenta de la discusión suscitada en el seminario. Una manera de organizar la conversación en la que la construcción de teoría educativa se entiende como un proceso de elaboración colectiva que necesita tiempos lentos y puesta en común.
A lo largo de su trayectoria, el SITE ha abordado cuestiones como la democracia, la ciudadanía, la multiculturalidad, la comunicación educativa, la antropología pedagógica, las emociones, la profesionalización docente o la transformación social. El hilo común que atraviesa estos debates es la preocupación por las condiciones humanas, políticas y culturales que hacen posible la educación. Y uno de los temas que sintetiza mejor esas condiciones en nuestros tiempos es la fragilidad.
La edición celebrada en Peníscola (Castellón de la Plana) en noviembre de 2025, organizada por la Universitat Jaume I bajo el título Educar en la fragilidad, surgió precisamente de esa necesidad de pensar la educación desde esta perspectiva. No solo por los tiempos a los que nos enfrentamos sino porque entendemos la fragilidad como una condición constitutiva de la condición humana y del propio hecho educativo.
Habitualmente asociamos la fragilidad con aquello que se rompe, con lo débil o con aquello que debe evitarse. Como contraste, vivimos en sociedades profundamente obsesionadas con la fortaleza, la autonomía, el rendimiento y la productividad. Buena parte de las narrativas contemporáneas —también las educativas— giran alrededor de la superación constante, la optimización y la eficiencia. Estas parecen ser las claves del éxito. En ese contexto, reconocer la fragilidad es prácticamente un acto revolucionario.
El cuidado como fundamento de la educación
La fragilidad es aquello que mejor puede recordarnos nuestra condición humana. Somos frágiles porque dependemos de otros, porque podemos ser heridos, porque necesitamos cuidado, porque vivimos expuestos a la incertidumbre y porque ninguna vida puede sostenerse completamente sola. Y es precisamente esa apertura, esa vulnerabilidad constitutiva, la que hace posible la educación. Desde esta perspectiva, la fragilidad deja de ser únicamente un límite para convertirse también en posibilidad pedagógica. Uno de los ejes centrales del seminario fue la relación entre fragilidad y cuidado. Frente a modelos educativos cada vez más atravesados por la lógica del rendimiento, la estandarización y la competitividad, distintas aportaciones insistieron en la necesidad de recuperar pedagogías orientadas al sostenimiento de la vida. Esto implica desplazar el cuidado del lugar secundario que tradicionalmente ha ocupado en el discurso educativo. Durante mucho tiempo, cuidar parecía algo complementario frente a las verdaderas funciones de la escuela: instruir, evaluar o preparar para el mercado laboral. Sin embargo, los últimos años han mostrado con claridad que sin cuidado no hay posibilidad real de aprendizaje ni de convivencia democrática. La fragilidad hace visible algo que en realidad siempre estuvo ahí: educar no consiste únicamente en transmitir contenidos, sino también en sostener relaciones, acompañar procesos y generar condiciones de reconocimiento mutuo.
La experiencia de la pandemia primero y acontecimientos posteriores como la DANA sufrida en Valencia en 2024 evidenciaron hasta qué punto la escuela sigue funcionando como uno de los principales espacios comunitarios desde los que reconstruir sentido colectivo en situaciones de crisis. En aquellos días posteriores a la catástrofe, muchas reflexiones realizadas con alumnado universitario de Teoría de la Educación giraron alrededor de palabras como seguridad, solidaridad, esperanza, empatía, participación, memoria o acogida. Conceptos que rara vez aparecen en los debates tecnocráticos sobre educación y que, sin embargo, se revelan esenciales cuando todo se vuelve inestable. Precisamente por ello, una de las cuestiones más relevantes que atravesó el SITE fue la necesidad de defender la escuela como espacio democrático de encuentro.
La escuela democrática frente a la incertidumbre
En un contexto marcado por la polarización, la desinformación y el debilitamiento de los vínculos sociales, la escuela aparece cada vez más como uno de los pocos lugares donde todavía es posible convivir con otros distintos, construir conversación y elaborar relatos comunes sobre el mundo. Pero esa posibilidad también es frágil. La democracia no se sostiene únicamente mediante leyes o instituciones; necesita prácticas cotidianas de escucha, reconocimiento y participación. Y esas prácticas requieren tiempo, cuidado y mediaciones pedagógicas complejas que no pueden reducirse a protocolos o indicadores.
Otra de las líneas de reflexión del seminario se centró en la relación entre fragilidad y tecnología, especialmente en torno a la inteligencia artificial. Vivimos un momento en que buena parte del discurso educativo parece oscilar entre el entusiasmo acrítico y el miedo apocalíptico respecto a las tecnologías digitales. Sin embargo, el SITE se preguntó qué idea de ser humano, de conocimiento y de educación se construye desde determinadas lógicas tecnológicas. Porque la cuestión no es únicamente qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué ocurre con la experiencia educativa cuando delegamos cada vez más procesos de decisión, mediación o interpretación en sistemas algorítmicos.
En este sentido, la fragilidad vuelve a aparecer como categoría central. Las tecnologías digitales no solo amplifican capacidades; también generan nuevas dependencias, nuevas vulnerabilidades y formas de exclusión. Frente a discursos que presentan la innovación tecnológica como solución automática, el SITE insistió en la necesidad de recuperar una mirada pedagógica capaz de interrogar críticamente estas transformaciones. No se trata de rechazar la tecnología, sino de evitar que la educación quede subordinada completamente a lógicas técnicas o mercantiles.
Narrar la fragilidad para construir una educación con sentido
La fragilidad atravesó también otro aspecto fundamental del seminario: la narrativa. Nos narramos para existir. Construimos relatos para comprender quiénes somos, qué nos ocurre y cómo habitamos el mundo. La educación participa profundamente de esa dimensión narrativa. No solo transmite conocimientos; también organiza memorias, configura identidades y abre imaginarios de futuro. Quizá por eso uno de los riesgos más importantes del presente sea precisamente la crisis de los relatos compartidos. Vivimos rodeados de discursos fragmentados, acelerados y simplificados que dificultan la construcción de experiencias comunes. Frente a ello, las narrativas pedagógicas de la fragilidad plantean la necesidad de recuperar relatos capaces de sostener la complejidad humana sin negarla. Narrar la fragilidad no significa instalarse en el pesimismo. Significa reconocer la precariedad de la existencia sin renunciar por ello a la posibilidad de construir sentido colectivo.
En realidad, buena parte de la potencia pedagógica de la fragilidad reside justamente ahí: en recordarnos que educar nunca ha consistido en controlar completamente el mundo, sino en aprender a habitarlo juntos incluso en condiciones de incertidumbre. Tal vez por eso resulta hoy especialmente importante defender espacios como el SITE. No porque proporcionen soluciones rápidas o recetas pedagógicas inmediatas. Tampoco porque permitan alcanzar consensos definitivos. Su valor reside más bien en otra cuestión: mantener abiertas las preguntas.
En un tiempo marcado por la aceleración permanente, la obsesión por la utilidad inmediata y la simplificación constante del debate público, detenerse colectivamente a pensar la educación constituye un gesto profundamente político. Porque la fragilidad no solo afecta a las personas o a las instituciones, también afecta al pensamiento. Y quizá uno de los riesgos más preocupantes del presente sea precisamente la fragilidad de nuestra capacidad para pensar críticamente el mundo que habitamos.
Frente a ello, la Teoría de la Educación sigue recordándonos algo esencial: educar implica siempre preguntarse qué vidas merecen ser cuidadas, qué mundos queremos construir y qué relatos necesitamos compartir para sostenerlos colectivamente. Son preguntas incómodas, frágiles, inacabadas. Pero probablemente no exista hoy tarea educativa más urgente que seguir haciéndolas.55
