La escena se repite cada tres años. Se publican los resultados y, durante unos días, los países se convierten en números, como un campeonato mundial deportivo: tablas, lugares, flechas que suben y caen, titulares alarmados. En la otra esquina, alguien anuncia que hemos vuelto a suspender o reprobar. Otro descubre que estamos mejor que algún vecino. Un tercero culpa a los maestros. Y alguien más recuerda que PISA no mide todo. Los gobiernos, con declaraciones esquivas, tratan de zafarse de la avalancha.
Después, el tema se diluye. La escuela desaparece de las noticias, excepto cuando la arrasa alguna forma de violencia. Debería suceder lo contrario. PISA podría servirnos para abrir la conversación pública, masiva, no para cerrarla.
Los resultados de la edición 2025, publicados en septiembre, ubican a México, mi país, con 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias. En matemáticas, siete de cada diez estudiantes no alcanzaron el nivel básico que PISA considera necesario para desenvolverse con solvencia; en lectura y ciencias, la mitad quedó por debajo de ese umbral. Sobra el maquillaje en la lógica de esa prueba.
Lo más interesante de PISA es preguntarnos qué clase de escuela estamos construyendo para jóvenes que vivirán en un mundo que apenas alcanzamos a comprender
Cuidado: reconocer la dificultad no implica convertirla en veredicto. PISA no es una sentencia. Es pregunta. Lo más interesante de estos resultados no es, desde esta perspectiva, saber en qué lugar quedó México, España o Chile, sino preguntarnos qué clase de escuela estamos construyendo para jóvenes que vivirán en un mundo que apenas alcanzamos a comprender.
Algo no cuadra
Durante años hemos repetido que los niños y jóvenes no quieren aprender. La cantaleta es larga: no leen; se distraen; son impacientes, flojos; no les importa la escuela; ahora, las pantallas los inhabilitan para concentrarse.
Puede haber situaciones de ese tipo. Pero los datos de PISA 2025 incordian ese relato. El 80 % de los estudiantes mexicanos dice sentir curiosidad por muchas cosas. El 76 % afirma que hace un esfuerzo adicional cuando el trabajo se vuelve difícil. Y apenas 11 % considera que la escuela ha sido pérdida de tiempo, frente al 24% del promedio de la OCDE.
Con ese panorama, la pregunta cambia. Si tantos jóvenes tienen curiosidad, si una mayoría está dispuesta a esforzarse, si no consideran inútil la escuela, ¿qué está ocurriendo entre las ganas de aprender y el aprendizaje conseguido? Es una cuestión más incómoda que afirmar que los adolescentes no estudian o les importa poco la escuela.
El problema, si lo conceptualizamos así, no está únicamente en ellos. Vive también en y por nosotros, los docentes. Por la manera en que enseñamos, lo que pedimos que aprendan, el tiempo que tienen para hacerlo, los libros que ponemos en sus manos, las preguntas que hacemos y callamos, la forma en que evaluamos y las expectativas que depositamos.
Hay más agravantes. Las evidencias que arroja la radiografía de las desigualdades en México son brutales. Sobra decir que también hay gran responsabilidad en los ministerios, en quienes toman decisiones en materia educativa en distintos niveles.
La OCDE registró en 2025 sus peores promedios históricos en matemáticas y lectura
México tiene un problema serio de aprendizaje. Pero no es un padecimiento exclusivo. La OCDE registró en 2025 sus peores promedios históricos en matemáticas y lectura. Entre 2015 y 2025, el promedio de matemáticas cayó 22 puntos y el de lectura 28. En otras palabras, no estamos frente a un accidente nacional o una enfermedad exclusiva de América Latina. Algo está ocurriendo en sistemas que durante mucho tiempo juzgamos exitosos. La pandemia explica parte de la historia. Pero es insuficiente. ¿Qué está ocurriendo con la escuela? La pregunta es antigua. Ya la planteaba Comenio en el capítulo XI de Didáctica magna (siglo XVII).
Los jóvenes viven rodeados de estímulos. Pueden acceder en segundos a una cantidad de información imposible hace unas décadas. Leen de otro modo. Escriben y buscan de otras maneras. Se comunican distinto. Y nosotros, probablemente seguimos enseñando igual. La escuela, por su parte, sigue necesitando algunas condiciones antiguas: atención, esfuerzo, memoria, conversación, lectura lenta, razonamiento, paciencia.
La desigualdad entra al aula antes que el profesor
Hay otra cuestión que PISA vuelve a poner sobre la mesa y no deberíamos permitir que desaparezca entre las tablas: el origen social sigue teniendo un peso enorme en las oportunidades de aprendizaje. En México, la diferencia entre estudiantes de los extremos socioeconómicos alcanza 68 puntos en ciencias. Lo sabíamos: no todos llegan a la escuela desde el mismo punto de partida. Algunos llegan después de haber escuchado historias, visitado museos; o con libros, conversaciones, vacaciones, tiempo de ocio confortable, espacios tranquilos y adultos para acompañarlos. Otros llegan con hambre, cansancio del empleo temporal; con preocupaciones, responsabilidades familiares, con menos tiempo y escasas oportunidades.
Aquí aparece una de las aristas más interesantes de los resultados de PISA: también existen estudiantes que, a pesar de su desventaja socioeconómica, alcanzan desempeños altos. Ahí deberíamos escudriñar con atención. No solo para preguntar quiénes son. Para indagar qué ocurrió en sus vidas o en sus escuelas para lograr esos resultados.
Mientras discutimos PISA, la inteligencia artificial entró al aula
Hay algo casi irónico en la edición de PISA 2025. Mientras nosotros seguimos discutiendo si los jóvenes leen suficiente, ellos ya están aprendiendo con tecnologías capaces de escribir, resumir, traducir, explicar y responder preguntas escolares y de otros tipos. Y, como se sabe en Estados Unidos, de culminar carreras universitarias.
De acuerdo con los resultados del informe de PISA 2025, en México, 47 % de los estudiantes de 15 años declara utilizar chatbots de inteligencia artificial para ayudarse a aprender al menos una vez por semana. El 40 % los utiliza para investigar preliminarmente un tema; 34 % para resumir un texto y 35 % para redactar trabajos.
La discusión no puede reducirse a prohibir. La inteligencia artificial ya está aquí. ¿Qué hacemos pedagógicamente con ella? Una máquina puede resumir un libro; pero no decidir por nosotros si hemos comprendido el libro. Puede escribir un texto; pero no sustituir la necesidad de tener algo propio que decir. Puede ofrecer respuestas; pero la educación comienza, muchas veces, cuando alguien tiene la inteligencia suficiente para desconfiar de ella.
Los resultados de PISA proponen una conclusión: los mayores descensos en lectura afectan capacidades como evaluar información, establecer conexiones entre distintas fuentes y pensar críticamente sobre aquello que leemos. No podría haber advertencia más oportuna.
No todo está perdido
Preocupa que se comenten los resultados desde dos posturas. Por un lado, el triunfalismo o el cinismo: todo está bien, las cifras son sólo números, PISA no entiende nuestra realidad. Por otro, el catastrofismo: los jóvenes no saben, los profesores no enseñan, la escuela fracasó. Ninguno ayuda.
No deberíamos observar PISA como quien mira el marcador de un partido. La educación no es una competición entre países
México tiene problemas serios de aprendizaje. Es evidente. Pero también tiene estudiantes curiosos, perseverantes y capaces de aprender. Eso confiesan. Tiene profesores comprometidos; escuelas que consiguen hacer diferencias; experiencias educativas que merecen ser estudiadas y una enorme capacidad para mejorar.
No deberíamos observar PISA como quien mira el marcador de un partido. La educación no es una competición entre países. Y los estudiantes no son corredores o deportistas. Detrás de cada puntaje hay un adolescente de quince años. Alguien que está construyendo su manera de comprender el mundo, que pronto tendrá que votar, trabajar, convivir, elegir, equivocarse, cuidar a otros, distinguir una noticia verdadera de una mentira y tomar decisiones en un mundo incierto. Por eso importa que sepa leer, que interprete una gráfica, que comprenda una explicación científica, resuelva un problema matemático y sepa preguntar…
Una buena evaluación no nos dice toda la verdad ni exhibe todas las enfermedades. Ayuda a formular mejores preguntas. Por eso, después de los resultados, es ocioso preguntarse quién quedó arriba. Mejor, por ejemplo, ¿qué debemos aprender nosotros de lo que están aprendiendo —o dejando de aprender— nuestros jóvenes?
PISA es más que una tabla. Es una oportunidad para examinarnos. No para castigar por lo que observamos. Es coyuntura para decidir, con un poco más de honestidad y determinación, qué escuela queremos ser o cuál es la que necesitamos. Y trabajar en ese rumbo con proyecto, como país y en cada centro escolar.

