Hace un tiempo ya y con la etiqueta #Ynopasanada Belen Jurado, una madre bloguera, activista por el derecho a la educación inclusiva, y precursora de Quererla es Crearla, movilizó en la red la acción de compartir entre la ciudadanía relatos personales de discriminación vividos en la escuela. La iniciativa obtuvo durante unos meses un enorme seguimiento, particularmente en Instagram y en X.
Pero, el hueso que roer era demasiado duro y aquí seguimos esperando que algo importante cambie en ese panorama de injusta desigualdad y menosprecio de algunas infancias. Como me siento depositario de su cariño, me he permito reutilizar su #etiqueta# para comentar la triste noticia (para mi) de que el pasado viernes 17/09/2026, la Conferencia Sectorial de Educación tumbara la iniciativa que había llevado a la reunión el Ministerio de Educación, FP y Deportes, en forma de un Plan Estratégico para la Educación Inclusiva.
No voy a entrar a analizar si dicho Plan (un documento poco conocido y que ni tan siquiera está en la página web del Ministerio), era bueno, mediocre o malo o si tiene, o no, algún recorrido a pesar de tan duro revés.
Pero sí quiero resaltar que era una iniciativa que tocaba un elemento transversal fundamental para la educación escolar del presente y del futuro; el que nos interpela como sociedad sobre cómo deberíamos configurarla con vistas a uno de los grandes desafíos (si no el mayor) que hoy tienen la escuela: la equidad del sistema, o lo que es sinónimo de ella; una educación donde todo el alumnado importe y todos y todas importen por igual, sin situaciones de discriminación como las que recopiló en poco tiempo la iniciativa de mi buena amiga Belén Jurado.
No voy a dedicarme en este texto a analizar el proceso que ha llevado a tan triste y amargo final de esta iniciativa (aunque el Ministerio diga que seguirá con ella), que respondía al mandato legal de la LOMLOE (2020), establecido en su Disposición Adicional cuarta. Tampoco voy a explicar por enésima vez de qué hablamos cuando hablamos de inclusión y equidad. Lo que quiero y necesito es desahogarme, dejar salir por mis dedos algo de la rabia que me aturde.
«A pesar de la transcendencia de la noticia, sigue sin pasar nada»
Lo que más me desazona y me hace pensar que será ¿imposible? que veamos cambios estructurales orientados hacia el horizonte de un sistema educativo con mayores niveles de inclusión y equidad es que a pesar de la transcendencia de la noticia, (que a mí me parece incluso de mayor calado que el reciente anuncio de los malos resultados de PISA en la última cohorte evaluada), es que sigue sin pasar nada. Sin que haya una reacción social a la altura de su impacto y que los principales actores en esta empresa, que ya se me antoja como una ópera bufa, parecen entretenidos, distrayéndonos y distraídos, mirando hacia otro lado, dedicados a lo suyo.
El rechazo al Plan Estratégico
El Ministerio de Educación dedicado ahora a mostrar que ellos han hecho (ciertamente tras siete años de espera, que no de trabajo riguroso), lo que la LOMLOE mandaba y que el problema ha llegado porque las comunidades autónomas (gobernadas mayoritariamente por el PP y VOX), no han querido. Estas, por su parte, han puesto sobre la mesa como gran argumento para dejar de hablar del tema, que el citado Plan del Ministerio, no tenía memoria económica (algo que el Ministerio decía que haría en la segunda fase del Plan), y que esta propuesta supondría el fin de los centros de educación especial (mayoritariamente privados o concertados).
Era obvio que el PP y VOX no votarían a favor del Plan presentado una vez que el Parlamento rechazara el miércoles 15/09/26 -esto es, dos día antes-, las enmiendas procedentes del Senado a la aspectos más educativos de la ley que modifica el Texto refundido de la ley General de derechos de las personas con discapacidad y su inclusión social(1/2013 de 29 de noviembre), y con las cuales PP y VOX proponían eliminar la prevalencia de la educación inclusiva frente a la educación especial. No sé qué preocupa más: si la ingenuidad del Ministerio de Educación presentando el Plan en ese contexto, o si pensar que era una parte de su particular estrategia para enmascarar la debilidad de su liderazgo en este proyecto.
Pero ahí se ha quedado la noticia, disolviéndose como un azucarillo en el café, al igual que, por cierto, se disuelven la mayoría de las noticias educativas en este país, incluidas las estacionales; las vacaciones escolares (que si largas que si cortas), la vuelta al cole y el precio de los libros de texto; las pruebas de acceso a la universidad y cuando toca, algunas manifestaciones del sector y PISA. En el caso que nos ocupa y en otros de importancia también, lo que ocurre, a mi modo de ver, es que no hay una contestación radical, una reproche moral social de calado ante tamaño despropósito, como es, en esta ocasión, dejar que el futuro escolar se siga configurando por las inercias excluyentes del pasado.
Educación inclusiva: falta de respuesta y desigualdad
Y a ello contribuyen muchos que son expertos en “estar a sus cosas”, aunque ciertamente les incomode puntualmente lo sucedido. Entre la miríada de los que son expertos en justificarse o en mirar hacia otro lado mientras se va muriendo el anhelo de una educación más inclusiva (Echeita, 2025), está también el Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 que, por ejemplo, se ha mostrado orgulloso por ver aprobada la nueva ley de dependencia, pero que no ha levantado su voz en las tribunas por el descalabro de la educación inclusiva, que es un derecho inculcado a muchos de los que supuestamente defiende. ¡Claro, no es de su competencia en el Gobierno!
No le van a la zaga las grandes organizaciones individuales del sector que se supone que deben defender todos los derechos de las personas en situación de discapacidad, y quien las representa colectivamente (el inoperante CERMI a estos efectos).
Todas ellas tienen bien aprendido el discurso sobre el carácter habilitante del derecho a la educación (se supone que inclusiva), para poder garantizar el disfrute de otros derechos políticos y sociales, pero se ve que hoy no toca; no es la hora de sacarlo a la luz (no hay ninguna noticia al respecto en sus webs, salvo Plena Inclusión que remite, mediante un enlace, a un artículo periodístico externo), ni de protestar por tan flagrante incumplimiento.
Todo apunta a que ahora están a otras cosas, a otras acciones puntuales en materia de educación, pero no en esta cuestión de fondo. Espero que se me entienda bien: no estoy criticando las iniciativas que pudieran estar desarrollando en sí mismas, salvo por el hecho de que, nunca mejor dicho, los árboles de tanta acción puntual creo que están ocultando el bosque en llamas de injustica, inequidad y discriminación educativas donde muchas personas, niños, jóvenes y adultos se abrasan. Su esperanza de cambio se ha visto entorpecida, una vez más, con la frustración de una iniciativa (el Plan Estratégico para la Educación Inclusiva) que, sin ser la mejor ni las más potente de las que cabía plantear, al menos podría haber sido, cual afanado colibrí, una gota de agua en ese particular incendio.
Y en este escenario no me olvido tampoco, y me pongo en primer lugar, de mí mismo, ni de la mayoría de mis colegas académicos, afanados en sus propias cuitas, relativas, por ejemplo, a realizar y tratar de difundir, con sus publicaciones e iniciativas, una investigación educativa en materia de inclusión …, con casi nula incidencia política y poco impacto en el desarrollo profesional docente.
Unos resultados que pocas personas, más allá de ellos mismos, llegan a conocer, y cuya valor de transferencia se agota, por lo general, cuando se cierran las puertas de los congresos, jornadas o seminarios donde se han presentado o se van a presentar. Seguramente, con ello justifican honestamente su trabajo, a la par que se insuflan ánimos y motivación para el siguiente proyecto y la próxima publicación; se reconfortan con el reconocimiento de sus pares y otras audiencias (si les llega), pero, mayoritariamente, parecen seguir esperando que sean otros quienes se sacudan la modorra de la complacencia y se pongan manos a la obra para denunciar y tratar de cambiar la exclusión educativa imperante.
«El derecho a una educación más inclusiva, cada vez, es más un desecho que otra cosa»
Pero no he escrito este texto para hacer un señalamiento acusador hacia el compromiso (o falta de él) de unos u otros (incluido yo mismo), sino para denunciar una compleja barrera estructural donde convergen factores muy diferentes que, por acción u omisión, confluyen y sostienen una situación vergonzante, donde el derecho a una educación más inclusiva, cada vez, es más un desecho que otra cosa.
Una respuesta colectiva
No voy a entrar en aquello parecido a lo que cantaba Victor Manuel de “¿Quién puso más?, … (los dos) se echan en cara…”, ni he pretendido ofender o faltar al respeto a nadie; pido disculpas sinceras si lo he hecho y reitero que estas opiniones solo me representan a mí mismo. No quiero decir tampoco que no haya muchas personas (en los ministerios, en las asociaciones, en las universidades, en muchas familias,) a las que no les haya afectado y mucho, estos hechos y que no estén igualmente indignadas, rabiosas, y dolidas como yo. No creo ser tan narcisista como para sentirme el único doliente. Pero el dolor individual es efímero e ineficaz si no se canaliza como una rabia colectiva creadora de una nueva realidad.
Cada cual es responsable de sus actos pero yo, como “capitán de mi alma”, (poema que escribió William Ernest Henley (1875) e inspiró a Nelson Mandela en su cautiverio), no podía callar “como si no pasara nada“ y porque al ritmo que vamos no me extrañaría que pronto tengamos que reconocer aquello de que “entre todos la mataron y ella sola se murió” (Echeita, 2025). De nosotros depende de que, tal vez, no sea así.
Referencia
Echeita, G. (2025). La educación inclusiva en España. No está muerta, pero vamos hacia atrás. Contrapuntos en Educación. Revista del Instituto Universitario de Investigación en formación de profesionales de la educación, 1(1), 50-66. https://doi.org/10.24310/cpe.1.1.2025.22107
