Soy docente, y a mucha honra.
Soy docente de la educación pública, que me abrió las puertas cuando, tras acabar la carrera, no encontraba empleo en ningún lado y escuché decir: “Si no tienes contactos, estudia oposiciones”.
Me costó mucho trabajo y constancia… pero no necesité contactos, sino únicamente mi esfuerzo y valía personal.
Y encontré en el mundo de la docencia un espacio amplio, abierto, generoso y amable.
La sensación de que en la pública cabemos todos la he sentido desde el principio.
Sin hacer de menos a la educación concertada o la privada, que desde mi función pública he tenido que atender con frecuencia en el pasado, y que me ha permitido conocer en bastante medida, sin embargo para mí la pública es la que siempre está; en las situaciones más complejas, en los entornos más carentes, en los casos más difíciles… la pública es la madre que siempre queda, cuando los demás se van.
Para muchos, muchísimos niños y niñas, y niñes, la escuela infantil, el colegio y el instituto después, son entornos seguros, en los que sentirse atendidos, en los que poder jugar, en los que aprender, libres de pantallas, libres de situaciones de abuso o violencia familiar, social o estructural… En los que poder comer.
Lo que aprenderán los niños en la escuela será la base de lo que llevarán a cabo en su edad adulta.
Si se les facilitasen espacios seguros, cómodos, libres de calores asfixiantes, de fríos insufribles, de patios que se anegan cada vez que llueve, de clases en las que se apiñan y en las que casi es más fácil saltar las mesas que rodearlas…
Si se encontrasen con un número lógico de docentes que les pudieran escuchar, enseñar, motivar, en clases en las que se pudiese trabajar por no estar sobrecargadas…
Si en las aulas de infantil una educadora pudiera cantarles mientras otra consuela en el llanto a quien lo necesite, en un lugar cálido, cuidado, y adecuado a las necesidades que atienden…
Si se facilitasen momentos suficientes para que familia y escuela se pudieran conocer…
Si se dispusiese en los centros escolares de orientadoras y PTSC (profesores técnicos de servicios a la comunidad) suficientes para atender y cuidar a las familias… de técnicos en integración social, de técnicos de educación, de maestras y maestros de apoyo de pedagogía terapéutica y de audición y lenguaje…
Si los niños dispusieran de salas de trabajo, para no tener que recibir apoyos en pasillos o en salas compartidas…
Si los docentes vieran reconocido su prestigio y su trabajo, con un salario digno, un respeto de las instituciones, y por ende un respeto social… Si se les dotase del valor que merecen, porque están “meciendo la cuna” en la que se balancea el futuro de la sociedad…
Si se les formase como se merecen, y se les ofrecieran espacios para intercambiar y seguir creciendo, y se les aliviase de tareas mecánicas y rutinarias, de rellenados de papeles que les ahogan y les impiden pensar…
Si se les permitiesen las mismas -ojo, las mismas- medidas de seguridad laboral que el resto de trabajadores y trabajadoras de la comunidad, en instalaciones climatológica y estructuralmente dignas…
Si todo esto sucediera, la educación sería de calidad.
Y relativizaríamos medidas propagandísticas como el bilingüismo, las excelencias y los informes PISA, porque contaríamos con espacios en los que se atenderían todas y cada una de las necesidades que aparecen en el día a día en unos centros educativos cada vez más variados y diversos.
Si entre todos cuidamos la educación pública de calidad, de tod@s y para todo@s, desde el primer ciclo de infantil hasta la universidad, pasando por la atención a la diversidad, la educación especial, la formación profesional… entonces podremos un país en progreso. Hasta entonces no seremos nada más que burdos imitadores de otras realidades.

